viernes, 25 de mayo de 2012

El columnista Ochoa de Olza

Iñaki Ochoa de Olza Seguín, en un retrato de su hermano Daniel.
A estas alturas, cuatro años y un par de días después de que el Annapurna se lo llevara, casi todo está dicho y escrito acerca de Iñaki Ochoa de Olza. El himalayista pamplonés por excelencia, 12 ochomiles a sus espaldas, toda una vida dedicada a escalar montañas... Iñaki era un tipo con estrella, de esos que irradian un halo de genialidad y diferencia.

Así hablaban con acierto y conocimiento sobre él en el segundo aniversario de su fallecimiento. Palabras recogidas en el blog 'Andando Descamisado': 

"Iñaki no era un alpinista más. No era un coleccionista de cumbres, ni un charlatán de aventuras. le molestaba que le considerasen un héroe y nunca hizo ostentación de su currículum montañero. Subía hasta donde podía y se daba la vuelta cuando creía que había que hacerlo. Su visión del monte estaba muy lejos de las carreras y las competiciones, de los asedios y las marcas. Podríamos decir que murió donde él quiso, pero le gustaba tanto la vida que seguro que no estaría de acuerdo. Era pura montaña. Las montañas de todo el mundo deben estar mirando hacia sus faldas entre enfadadas y divertidas el espectáculo que las recorre. Carreras y competiciones por ser la primera mujer en alcanzar las 14 cumbres de 8000 metros. Padres que intentan que su niño de 13 años sea el más joven en  llegar al Everest. Miles de botellas de oxígeno abandonadas cuando ya sólo eran botellas. Programas de televisión que dan la opción a novatos en las montañas de comprar ilusiones que nunca han sido suyas. Héroes. Gloria. Ataques a cumbre. Victorias. Derrotas. 

Palabras que nunca pertenecieron al montañismo. En todo este jaleo alpinístico en el que comienzan a participar grandes empresas y medios de comunicación, en el que se convierten las paredes en simples estadios de competición, es cuando la forma de acercarse a la montaña que tenía Iñaki recupera toda su importancia y valor. La pasión y grandeza que sentimos de niños en nuestro primer acercamiento a la montaña es la que mantuvo el alpinista pamplonés en todas sus expediciones, con los ojos bien abiertos, disfrutando de las luces del atardecer, de cada cumbre como si fuera la primera. Para él fue el monte Lakartxela en el valle de Belagua, para otros el Yelmo en la Pedriza, o el Txindoki en la sierra de Aralar, o el monte más cercano a nuestro pueblo, o aquel campamento en el que nos perdimos, o aquella excursión que terminó en el cuartelillo. Porque realmente esas sensaciones de aventura, de libertad, de descubrimiento y de sorpresa son las que siempre han caracterizado al montañismo, en contra de marcas, rivalidades y medallas que reinan en los deportes de competición.

Porque Iñaki sabía que la libertad que él amaba y buscaba a través de las montañas no se encontraba en ser el primero en llegar, ni en acumular menciones ni records, sino que se encontraba en las cosas cotidianas que le proporcionaba el camino. Compartir sopas de sobre en un iglú zarandeado por el viento, en un lugar donde hay la mitad de oxígeno que al nivel del mar, con un joven sherpa de la aldea de Pangboche era para Iñaki hacer montaña. Recorrer los caminos que llegaban al campo base comiendo chapatis y bebiendo chai, saludando viejos conocidos, tratando de igual a igual a todos, era para Iñaki hacer montaña. Renunciar a cumbres que le habían costado sus ahorros y sus esfuerzos de los últimos meses por ayudar a un amigo o desconocido en problemas era para Iñaki hacer montaña.

Pero hasta las montañas que amaba Iñaki ya han llegado los tiempos modernos. Esos en los que no se entiende el esfuerzo si no hay un enemigo, en los que no se entiende una vida sin triunfadores y fracasados, en los que no se entiende el hacer las cosas por el sencillo y maravilloso placer de hacerlas. Así, un lugar tan puro se ha cargado de estúpidas connotaciones que suben desde el valle y arrasan las cumbres. Alpinistas que olvidan el camino y sólo piensan en la gloria. Como si esta se encontrara a 2000, 5000 o incluso 8000 metros. En un artículo escrito días antes de salir hacia la cumbre del Annapurna, de donde no regresaría, Iñaki Ochoa de Olza resumía claramente su credo en el monte: "No hagan mucho caso cuando lean por ahí que pensamos atacar la cima, ya que aquella no nos ha hecho nada, ni tampoco es nuestra intención conquistarla; a lo sumo podremos convivir en paz durante unos cortos minutos, y después continuar nuestro camino agradecidos".

El alpinista pamplonés nunca busco el aplauso fácil del público, nunca persiguió las carreras alpinísticas, disfrutó a su manera y con los suyos de sus pequeños éxitos y regresaba año tras año al Himalaya porque sabía que aunque asumía riesgos, tampoco en la ciudad nadie le garantizaba nada. Sobre el peligro decía que éste no estaba en las montañas sino "en el colesterol, el hastío, los centros comerciales, la violencia, la soledad no elegida, nuestra clase política, los cánones de belleza aceptados, la burocracia...".

Y así, con ese estilo independiente y esa búsqueda de la libertad y el amor en las montañas fue como se apagó su vida en la Diosa de las Cosechas un 23 de mayo de hace dos años. Una de las muchas veces que Iñaki supo que había que renunciar a la cumbre.

Mientras, estos días de mayo, filas interminables de ricos héroes trepan enganchados a sus botellas de oxígeno la ruta suroeste del Everest. Apoyados por sherpas de altura y con ropas de última tecnología, compran su sueño por un buen puñado de dólares. Buscan la gloria a 8848 metros. Atacan la cima. Triunfan y fracasan. Cómo explicarles que esas palabras no existían para Iñaki Ochoa. Cómo explicarles que ser montañero no es llegar hasta la cumbre. Cómo explicarles que la grandeza no habita en lo grandote".

Yo nunca lo conocí, jamás hablé con él ni tampoco lo escuché en ninguno de sus numerosos coloquios. Eso sí, no me perdí ni una de sus columnas publicadas en Diario de Navarra. Disfrutaba leyendo sus aventuras y desventuras por las montañas del Himalaya. Me encantaría releerlas, pero no sé dónde encontrarlas. Lo que sí he encontrado buceando por internet son sus columnas en la revista 'Campo Base'. Qué bien escribía este pájaro, fiel defensor de la libertad individual por encima de cualquier dogma. Sabemos que escalar escalaba como los ángeles, en un estilo puro, sin oxígeno, allá donde la hipoxia a más de ocho mil metros te quita la vida segundo a segundo. ¡Y escribir! Escribía al menos tan bien como subía a los montes más altos del planeta. Yo me permito poner aquí sin encomendarme a nadie la colección de sus columnas en la revista 'Campo Base' para que los seguidores del blog podáis conocer un poco mejor quién era Iñaki Ochoa de Olza y lo bien que escribía. Lo que sigue son las mejores líneas que jamás se han escrito en esta bitácora. Que las disfrutéis. 




El abominable pueblo vasco (Columna publicada en el número 2 de CampoBase)

Pronto habrán pasado 16 años desde que le conozco. Estábamos escalando en Yosemite y alguien nos dijo: "Ése de ahí también es vasco". Se llama Tamayo. No habíamos oído hablar de él y eso que entonces José Carlos, vizcaíno de Sestao, ya era casi una leyenda. "¿De verdad que tienes 30 años?", preguntamos incrédulos desde la inmadurez de nuestros 20. Desde luego sus rizos, su sonrisa y su frescura no los aparentaban. Él estaba en aquella ocasión con Lazkano, otro buen fichaje, y escalaban El Capitán todas las semanas por diferentes rutas y como quien no quiere la cosa. Con los años he tenido la fortuna de compartir con Tamayo algunas buenas escaladas y tres expediciones al Himalaya. Pude descubrir a alguien sensible e inteligente como pocos, cariñoso pero duro de pelar, austero y exigente consigo mismo y con los demás. No tengo ni idea de qué resultado daría como marido, pero como compañero de expedición se aproxima muchísimo al ideal. En el Himalaya cualquier cenutrio puede acarrear mochilas, fijar cuerdas y resoplar, pero tomar decisiones es cosa de pocos elegidos, y José Carlos es uno de ellos. Y eso no significa que no se pringue porque curra como el que más.

En el verano de 1996 escalamos los dos con Ramón Portilla el Gasherbrum II. Yo estaba fundido después de escalar un par de semanas atrás el Hidden Peak (GI) con un equipo de TVE de la Escuela Militar de Jaca (¡un insumiso como yo!) y con Juan Tomás, otro tipo fantástico. José Carlos venía de realizar un intento durísimo al Amin Brakk, una torre vertical que le dejó los pies como para ingresar en un hospital, pero el chaval nunca ha sido quejica.

Aquella no fue una expedición feliz porque sufrimos desdichas varias y hasta la perdida del teniente Manuel Álvarez; un buen chico. Aún así conseguimos escalar el GII, después de esperar hasta la saciedad el buen tiempo, cuyo peso recayó –¿lo adivinan?– en Tamayo. Sentados en una fina arista 10 metros bajo la cumbre, José Carlos sacó la pesada cámara que él mismo había acarreado y me preguntó: "¿Subes o filmas?" No pude responderle más que: "Hala, majo, filma tú que así igual sale algo". Él logró un plano fabuloso, de los de guardar en la videoteca (en la vuestra; yo no tengo vídeo).

Unos días antes yo había tenido la rara ocasión de ver a José Carlos, si no desesperado, que es cosa que parece imposible, sí al menos ‘caliente’. Preparábamos la ascensión con la paciencia de la que hace gala y llevábamos más de cuatro horas seleccionando material, preparando comida, afilando crampones, clasificando material fotográfico y de filmación. Bueno, quiero decir que Tamayo preparaba y yo hacía lo que me decían. Mientras nosotros sudábamos, Ramón Portilla se relajaba en su tienda, repartiendo su interés entre un libro y un cigarrillo. Ramón es un tipo que tiene un fino e irónico sentido del humor y que posee todas las cualidades que se le atribuyen. Yo veía que José Carlos curraba y curraba y de vez en cuando miraba de soslayo hacia la humeante tienda de Ramón mientras se iba ‘cargando’ poco a poco. Al final explotó y gritó:

– “¡Ramón, caaaaabrón, sal aquí a currar!”
El Portilla, con parsimonia, apagó su cigarro y dejó a un lado su libro. Salió de la tienda tranquilo y, mientras pasaba a mi lado, con ojos de víctima me dijo:
– “El abnegado madrileño y el abominable pueblo vasco...”



En América (Columna publicada en el número 3 de CampoBase)

Es una verdad como un templo que el talento es una cosa que, en la vida, está de veras mal repartido. He conocido a escaladores que bailan en la vertical pero que se tropiezan con una raya pintada en el suelo, a exploradores que se pierden dando vueltas por el casco viejo de cualquier ciudad y tengo un amigo himalayista, que subió al K2, y que cuando nieva en Pamplona no sale de casa porque “hace mucho frío”. Aquel chaval tenía sin duda la más extraordinaria capacidad que yo haya jamás contemplado para equivocarse de camino, escalar terreno descompuesto y ‘enriscarse’. Era un mal día para morir. Bueno, seguro que ningún día es bueno, pero éste era un día precioso de verano, y apeteceía andar por el monte, al sol.

Yo estaría preparando alguna expedición y me había comprado un pulsómetro nuevo, así que me encaminé a Unanua, dispuesto a sacarle chispas. Unanu, que así se dice en vasco, es un diminuto pueblo, más o menos a mitad de camino entre Vitoria y la capital navarra, bello, muy tranquilo y con 900 metros de desnivel justo desde la plaza hasta la cumbre de San Donato, hermosa cuesta en la que un servidor se entrena 30 veces por año.

Ese día subí andando-trepando-corriendo, que es un sistema efectivo cuando se trata de sobrevivir, o como en este caso, entrenar. Al regresar al pueblo, ya suavecito, mi sorpresa fue grande al observar a una buena cuadrilla de locales mirando con prismáticos hacia la montaña. Me explicaron que había una persona enriscada, algo alejada de la ‘ruta normal’, que no podía mover ni pies ni manos, aunque pegaba buenos gritos.

La situación no era simple, de modo que les deje mi número de móvil y el encargo de llamar a los bomberos, y eché a correr hacia arriba con la esperanza de que no hiciera falta mucho montaje y yo sólo pudiera ayudar al desventurado. Iluso de mí, había minusvalorado su talento. Intenté acercarme, primero trepando y luego ya escalando. Hice pasos mixtos, en tierra rota y roca, me agarré a arbustos, sudé cual cochino y, cuando las señales de alerta máxima de mi cerebro se dispararon, aún estaba a una buena distancia del chico.
Se había perdido siguiendo un camino de cabras y estaba en un pared casi vertical, 4 metros por debajo de una zona más fácil, pero no podía ni respirar. Si se movía, se mataba. Le grité que se estuviese tranquilo y quieto, y me dispuse a dar un largo rodeo para llegar a él desde arriba. Sonó mi móvil y eran los bomberos. Me contaron que venían dos de ellos, andando. Intenté hacerles ver que eso era inútil y que había que traer un helicóptero. No había otra opción. Me situé como pude justo por encima  del atrapado y cuando llegó el helicóptero le señalé la posición. Luego todo fue como la seda, alguien se descolgó por el cable y un minuto después ambos estaban de vuelta en el pueblo. A este chico la vida le había dado otra oportunidad. A veces hasta la selección natural falla.

Un buen rato después regresaba yo, agotado y feliz. Ya sólo quedaban en la plaza un par de viejos ‘casheros’. Uno de ellos, el mayor, enarcó una ceja y me dijo:
- “¿Y tú ya tenías ‘esperienshia’ para andar ahí?”
Su colega le miró con sorna,  y me señaló muy serio:
- “¿No sabes quién es? Éste ha andado en América y la hostia...”



Muerte o gloria (Columna publicada en el número 4 de CampoBase)

“Algunos escaladores van al Everest con la actitud de hacerlo o morir. Algunos lo hacen, otros mueren y también hay quien consigue ambas cosas." La frase es anónima, y bien parece la aguda reflexión de algún taciturno escalador anglosajón después de unas pintas de cerveza. Aunque no le falta razón, la verdad es que ya lo dijo con bastante más gracia aquel famoso torero: "Hay gente pá tó." Otros sentencian, despectivos y rigurosos, que el monte más alto del mundo se ha convertido en un circo. Se rasgan las vestiduras y lo vocean a los cuatro vientos en documentales, libros y revistas, para ascender, un año más, la misma ruta normal de los años anteriores, dormir en las mismas tiendas montadas por otros, asegurarse sobre cuerdas fijas instaladas por otros, mientras culpan a las comerciales de todos los males del himalayismo.

Quizás se olvida que las expediciones comerciales no nacieron en el Himalaya sino en los Alpes, hace más de dos siglos. Entonces un señorito de clase alta podía contratar a un pastor local para que le guiara en ese mundo hostil, y hoy en día se puede hacer lo mismo con la salvedad de que el pastor no nació en Chamonix o Zermatt, sino en el valle de Khumbu. Y esto saca de quicio a más de uno.

En Asia existen 14 cumbres de 8.000 metros y más de 170 de 7.000. El Everest (y el Lhotse) en primavera, el Gasherbrum II en verano, el Cho-Oyu y el Ama Dablam en otoño están masificados por numerosas expediciones, algunas de ellas comerciales guiadas, que son el objeto de las críticas. También están repletos de gente el Aneto, el Mont Blanc o el Aconcagua, pero casi nadie se queja, lo que nos induce a pensar que la aparición de estas expediciones ha terminado de destrozar el mito de que al Himalaya sólo pueden ir los elegidos.

La proliferación de las expediciones comerciales es consecuencia tanto de la bonanza económica como del efecto que cientos de películas, conferencias y libros tienen sobre el aficionado. Resulta poco consecuente la queja de masificación cuando ésta se produce por parte de los beneficiarios de la comercialización de tales productos.

Entre las expediciones comerciales, algunos hacen un trabajo digno y honesto. En cambio, otros de los más ‘prestigiosos’ líderes de algunas agencias internacionales son alcohólicos, refugiados o ex convictos que, sin ser malas personas, disfrutan de aquel mundo sin leyes. En las laderas de los Himalayas ha habido robos, engaños y tropelías de toda índole. Y no es menos cierto que algunas expediciones comerciales prometen algo imposible: guiar, en el sentido ‘alpino’ del término, a más de 8.000 metros de altura.

De cualquier modo, el principal problema de las expediciones a estas montañas es vender una gloria que no es tal. El Everest, tal y como se escala hoy en día, es el más fácil de todos los ochomiles, sin dejar de ser muy arriesgado. Ello se debe a las trampas que se utilizan en su ascensión: sherpas, oxígeno embotellado y cuerdas fijas hasta la cumbre. Muchos de quienes pisan la cima no serían capaces de subir por sus propios medios a ninguno de los ochomiles ‘bajitos’.

¿Dónde está pues la gloria de convertirse en el alpinista numero dos mil en subir al Everest? Uno puede sentir una gran satisfacción personal pero no irán por ahí los tiros del desarrollo del himalayismo de élite. Las expediciones comerciales no están libres de culpa por definición. Pero no es toda suya. Es peor tener todos los medios del mundo y carecer de creatividad, imaginación y fantasía, los motores que impulsan la aventura humana.



Jagat Fútbol Club (Columna publicada en el número 5 de CampoBase)

La gente acostumbra a despedirme en vísperas de mis viajes con una palmada en la espalda acompañada de un "qué vida te pegas", ignorantes a veces de que la libertad tiene un precio e incapaces en otros casos de decidirse a dar el paso que supone romper algunas barreras, paredes y muros de esta nuestra civilización.  Meses después esa misma gente preguntará en las conferencias "¿Por qué?" y "¿Qué se siente?" y yo sudaré explicando que las cimas no significan tanto, y que el número de ochomiles (o tresmiles...) que uno escale no es más que el reflejo distorsionado que percibe el mundo occidental, que todo necesita tenerlo clasificado. Intentaré demostrar que la esencia de mis viajes es el cambio que se produce siempre en mí, el aprender cada día. Y eso se hace durante todo el camino, y no en las cumbres precisamente.

Además, el hecho de largarse a un país lejano no es garantía de nada. Hay gente que viaja y no tiene intención de cambiar y a mí me parece respetable. Esto lo aprendí trabajando de guía el año pasado, dando la vuelta al macizo de los Annapurnas, en Nepal. Mis compañeros de viaje, amigos, eran siete avezados montañeros, hartos de destrozar botas durante años. En 25 días, ninguno de ellos pidió para comer Dal Bhat, (plato de lentejas con arroz que los nepalíes comen dos veces al día durante toda su vida ) y eso que me veían a mi comerlo a diario sin excepción. Preferían pollo o pizza, y alguno no pidió trucha a la navarra de puro milagro.

En mi opinión el éxito del trekking no reside en la calidad de nuestras fotografías, ni en nuestros videos ‘de primera’, sino en lo que seamos capaces de percibir con esa lente interior, con ese objetivo mental que enfoca la realidad y la traduce en enseñanzas. El segundo día de caminata remontamos el curso del río Margsyandi, adentrándonos en tierras habitadas por la etnia gurung . A mediodía paramos a almorzar en Jagat, un pequeño pueblo entre bloques de piedra. Sudorosos y sedientos, nos dirigimos a una casa que se anunciaba como Tibetan Lodge donde nos atendieron un par de mocosos, hermanos de 8 y 10 años. Mientras su madre cocinaba, los niños, tímidos, nos mostraron después su curiosidad.

Me sorprendió su atuendo. Vestían uniforme de futbolistas: botas con tacos de goma, medias hasta la rodilla, pantalones holgados, y el mayor tenía incluso guantes de portero. Compartían un balón que había conocido tiempos mejores. El pequeño, más avispado, se llamaba Moti Lal, de padre tibetano y madre nepalí, y tanto él como su hermano jugaban en el ‘Jagat Fútbol Club’. Me mostró orgulloso su destrozada camiseta con la foto de Ronaldo. En el pueblo, de ocho casas, no había un palmo cuadrado de terreno llano así que, asombrado, le pregunté quien era su ídolo futbolístico. Sin pensarlo, en un inglés perfecto y con un brillo intenso en la mirada me soltó:
—Quiero ser como Beckham.
El que puede cambiar no quiere, y el que quiere simplemente no puede. ¿No piensan en ocasiones que éste es un mundo maldito?



Himalayismo de élite (embolsado) (Columna publicada en el número 6 de CampoBase)

“Iñaki Ochoa de Olza se embolsa su octavo ochomil”. La noticia de mi escalada al Makalu venía redactada así en alguna web, seguramente traducida del inglés-americano. De hecho, la periodista residente en Katmandú, Liz Hawley, nos llama peak baggers (“que se meten los picos a la bolsa”) a quienes tenemos el vicio de subir ochomiles y hemos hecho de ello una pasión.

No es que me importe, pero no entiendo nada. Quizá quien nunca ha pisado la zona de la muerte no sabe de lo que habla, pero ¿cómo coño se puede pensar que un ochomil es algo que se empaqueta, como un regalo? En mi modesta opinión, un periodista de montaña interesado en el Himalaya tiene que contar verdades, decir quién usa oxígeno y quién no, quién sube gracias a sus porteadores de altura y quién gracias a sus piernas y pulmones, y con cuanta cuerda fija y puesta por quién. Y tampoco vale decir ruta normal para todo. Las del Lhotse o el Makalu (sin cuerdas fijas) no tienen nada que ver con la idea de que estas vías son auténticas ‘cuestas de vacas’.

Un himalayista de élite tiene bastantes posibilidades de expresarse. La primera y más obvia es la apertura de nuevas rutas, aunque bastantes de las grandes montañas estén saturadas de vías. Los sietemiles ofrecen más posibilidades, pero hay una diferencia sustancial en el rendimiento humano entre esa altura y los 8.300 o 8.400. También puede realizar invernales, aunque peligran tus dedos si no te cuidas. Otra posibilidad es realizar repeticiones de importancia: la arista oeste del Everest aguarda un ascenso en estilo alpino, y a nadie se le ocurre repetir la vía de Messner en la cara norte de la misma montaña, solo y sin botellas. Hay muchas rutas esperando gente con creatividad (y medios, claro) que las repita. Las ascensiones express, o en menos de 24 horas, tampoco atraen a las masas: hay que entrenarse mucho y puedes quedarte sin la cima. El Kangchenjunga o la normal del Makalu nunca han sido ascendidos en este estilo, y el K2 sólo conoce la meteórica escalada de Chamoux en 1986. Escalar en solitario también está en desuso.

La última de las posibilidades es el llamado ‘coleccionismo’. Unos intentarán escalar con imaginación y según las enseñanzas de la montaña, mientras que a otros no les importará para nada el cómo ni el con quién se hacen las escaladas. Así, existe una lista en la que figuran los que han escalado los 14 ochomiles  (me gustaría ver las fotos de cumbre de alguno de los coreanos de la lista...) ¿Pero cómo es posible meter a todo el mundo en el mismo saco? ¿No somos 1.700, o más, los que hemos subido al Everest? En mi opinión sólo quienes no han utilizado botellas de oxígeno pueden sentirse legitimados para hablar de su ascenso al pico más alto. Y ni siquiera un ascenso sin oxígeno es igual a otro. Tampoco caben en la misma lista Messner y los que para acabar la colección han dejado morir por el camino a varios sherpas. Las estadísticas son frías, pero su publicación supone a veces un insulto a la historia del alpinismo. Así que concluiré con un ruego: menos bolsas y un poco de rigor.



Salvado antes de nacer (Columna publicada en el número 7 de CampoBase)

Se llama Ang Nuru, y es uno de los sherpas más inteligentes y despiertos que conozco, lo cual es mucho decir en una raza que ha hecho de la supervivencia, el trabajo duro y el comercio todo un arte. Cuando uno nace a 4.000 metros de altura las posibilidades de vivir una vida segura y confortable se reducen de manera drástica. Muchos niños morirán en los primeros años de vida y quienes cumplan los 10 años serán sin duda fuertes y sanos. Ang Nuru nació en Pangboche, a los pies del Everest, donde la vida está marcada por la siembra y recolección anuales de la patata, y también por el cuidado y pastoreo de los Yaks. Del mismo modo, el paso de caminantes que practican el trekking, y el de quienes se dirigen a escalar en la zona hace que muchos de los hombres y mujeres del pueblo dispongan de ingresos extras trabajando para los extranjeros, a quienes ellos llaman con cierto desdén mikaru (ojos blancos). El hermano de Ang Nuru, se llama Ang Tsering y escaló tres veces el Everest  mientras él era casi un niño. En su cabeza se instaló firmemente la idea de que él también subiría allí arriba, porque veía que Tsering manejaba dinero. Nuru, mientras, se acercaba al Campo Base como porteador o conductor de yaks y a intimar con el líder de la expedición, asegurándose un trabajo no muy lejano. Cuando tenía 14 años declaraba 18, por si colaba y era contratado como porteador de altura. A escondidas se probaba la ropa y el material de montaña de su hermano mayor, y soñaba con los días en los que él también escalaría hasta las cumbres más altas.

Ang Nuru no tiene padre, murió poco después de su nacimiento. Había sido un gran sherpa, alguien que ayudó a muchos mikaru a subir hasta el campo base o más arriba, pero se puso enfermo y se fue rápidamente. La madre de Nuru se quedó con todo el trabajo, una costumbre.  Nuru siempre lleva en su bolsillo una foto vieja y raída de su progenitor. Parecen fotocopias. Aquel día él entró a las tiendas de campaña del base risueño, como de costumbre, dispuesto a hacer amigos. Pero aquel extranjero a quién no conocía se le quedó mirando pasmado, y cuando recuperó el habla, le dijo:  - Yo te salvé la vida antes de que nacieras. ¿A que tu padre se llamaba Pemba?

La boca de Ang Nuru se abrió, y la sorpresa se dibujó en su rostro. Y el extranjero pasó a explicar como su madre, embarazada del propio Ang Nuru, sufrió una terrible caída estando ya muy adelantada la gestación. Eran otros tiempos, y el extranjero, que estaba de trekking, se encontró por casualidad con el accidente. El médico más cercano estaba a un largo día de marcha. El extraño agarró a la madre de Nuru, malherida, y la cargó a hombros hasta que pudo encontrar ayuda y el transporte ya fue más rápido y fluido. Estuvo muy cerca de morir, pero al final ambas vidas se salvaron. A día de hoy, Nuru cuenta con un par de ascensos al Everest y todavía sonríe a todas horas. A menudo nos vemos y hablamos de los amigos y recordamos a veces a aquel extraño, que se cruzó en su vida y respondió a preguntas que ni siquiera el propio Nuru se hacía.



Ruedas de molino (Columna publicada en el número 8 de CampoBase)

A  veces es difícil explicar el porqué de las cosas que suceden en el mundo de la montaña, y no seré yo el desventurado que lo intente. Pero nunca dejará de sorprenderme encontrar a (tanta) gente que pretende que todo el resto de la comunidad montañera (colegas, periodistas, aficionados, etc...) se trague a modo de comunión unas ruedas de molino de enorme tamaño. Hace ya mucho tiempo que se discute si los alpinistas mienten, manipulan o deforman la realidad, pero esta es una discusión innecesaria y estéril, puesto que los alpinistas sólo somos personas, con nuestras glorias pero también nuestras miserias a cuestas. No hace falta viajar lejos para encontrar ejemplos de lo que digo. El pasado julio, esta revista publicaba como un sherpa nepalí, Pemba Dorjee, batía el record de velocidad en la normal del Everest, en poder de Lhakpa Gyelu, con un tiempo de casi 11 horas. El chaval dice que rebajó esta marca en casi tres horas, pero sin pruebas. No hay terreno material para rebajar ese ya estratosférico tiempo en casi otras tres horas. Pero aún así, la supuesta hazaña ha encontrado su hueco en periódicos y revistas occidentales, y asimismo entre  el aficionado ávido de noticias espectaculares.

En otro estilo, por supuesto, tampoco se queda manco un conocido director de documentales de un canal de televisión nacional, quién es además buen amigo mío: Sebastián Álvaro. En primer lugar manda a sus huestes fijar 600 metros de cuerda en la zona de cumbre del K2. Nada que objetar, yo mismo me agarré a esas cuerdas un par de días después, así que merci . Pero te da por pensar en Lacedelli, en Messner y Dacher, en Roskelley, en Chamoux, Abrego y Casimiro, Rutkiewitz, Balyberdin, Viesturs, Boukreev, Carsolio, Maudit...todos con una cosa en común: cada uno, en su tiempo, eran la élite, y todos ellos subieron (y bajaron) por el famoso cuello de botella sin cuerdas fijas. Y resulta que hoy en día la elite necesita esas cuerdas en el mismo sitio, nada menos que 600 metros de seguridades y garantías. Nunca ha resultado un mérito fijar cuerdas en ningún tipo de alpinismo; son solamente algunas de las “trampas” que utilizamos en nuestra relación con la montaña, para ponernos las cosas más fáciles. Así, y que nadie se me enfade, creo que está de más el intentar colgarse medallas por algo como eso. En segundo lugar, también sobra la pretendida magnanimidad de “no cortarlas a la bajada”, como se ha publicado. Que suerte tenemos, habrá pues que dar las gracias de nuevo.

Los ejemplos son legión. No se escapan ni escaladores deportivos de fuerza “sobrehumana” ni himalayistas de “prestigio”. De entre los que afirman haber escalado los catorce ochomiles conozco a uno que asegura que subió al Lhotse (¡dos veces!), mientras el sherpa que iba con el lo niega mientras se descojona. Otro dice que se encaramó al Annapurna, pero le vieron darse la vuelta a más de 400 metros de la cima. Otro se apuntó orgulloso el Makalu, pero sus huellas sólo llegaban a la antecima. Mientras historiadores y periodistas ocultan esto y otras cosas por intereses comerciales o patrióticos, yo lo cuento, y así voy haciendo amigos. (Las inflamadas cartas de protesta, con membrete y DNI, y de una en una, por favor)



Ladrones de altura (Columna publicada en el número 9 de CampoBase)

Escalar en el Tíbet es una de las experiencias más enriquecedoras que uno pueda tener en su vida. La invasión china de los años 50 ha cambiado poco la situación, al menos en apariencia. Se pasó de una sociedad feudal dominada por los lamas a una violenta dictadura militarizada dirigida desde Pekín. Pero los tibetanos seminómadas del altiplano son la gente más salvaje que se pueda imaginar, y el medio que les rodea es el menos adecuado posible para la supervivencia humana. Ni todos los chinos del mundo podrían despojar al más humilde tibetano del tesoro que todos ellos alojan en su corazón: su infinita fe en el Dalai Lama y en su pronto regreso a la tierra del trono de los dioses.

Pero siendo un pueblo tan rico espiritualmente no pueden ser más pobres en la práctica. Comen un poco de harina de cebada, llamada Tsampa, beben algo de un té salado, al que cuesta acostumbrarse, y chupan pedazos de queso duro como el granito que sabe a cualquier cosa menos a queso. Su tienda de campaña es su casa, hoy aquí y mañana allí, que tiene el techo rajado para dejar salir el humo de las fogatas sobre las que cocinan, fuegos alimentados por boñigas de yak. Como no hay leña para quemar ni nadie puede cavar un hoyo, los muertos se descuartizan sobre una piedra y se dan de comer a los buitres. Allí la religión está presente en todas las facetas de la vida y no extraña mucho que crean en la reencarnación. Pero la necesidad es imperiosa y la visita de escaladores y viajeros equipados como extraterrestres supone una tentación difícil de rechazar por los pastores de yaks que conducen los bultos de las expediciones hasta los diferentes campos base. Utilizan técnicas increíblemente creativas para afanarte hasta los calzoncillos, si te descuidas.

Durante mi primer viaje por allí, en 1993, me quedé rezagado de la caravana de yaks que transportaban a regañadientes nuestros bártulos. Pude observar como uno de los tibetanos, que no se había percatado de mi presencia, rajaba con su cuchillo y sin el menor disimulo uno de nuestros petates e iba metiendo la mano dentro cada 10 minutos: sacaba latas de comida y las depositaba por el suelo, en sitios fácilmente reconocibles, supongo que con la idea clara de recogerlas a la bajada y variar su dieta. Me rompió el corazón recoger buena parte de su botín y guardarlo en  mi mochila, pero andábamos justos y no podíamos permitirnos perder comida. El buen hombre aquel se sorprendió al verme sacar de mi mochila lo recuperado y pude ver en sus ojos una mirada de decepción que nunca olvidaré.

Por eso en mi siguiente viaje, algún año después, tomé medidas drásticas. Compré en Katmandú, antes de entrar en Tíbet, 25 o 30 kilos de comida extra variada, latas, galletas y algo de carne. Con ese saco de viandas me presenté ante el jefe de los yakeros y le dije que toda esa comida sería para ellos si ninguna de nuestras pertenencias se ‘volatilizaba’. Por descontado, nada desapareció de nuestro equipaje: aprendí que la compasión es la gran virtud que poseen los budistas, que me ensañaron que es mejor intentar comprender a tu ‘enemigo’ que convertirte en su antagonista. Después de entender eso, todo resulta más sencillo.



Los otros (Columna publicada en el número 10 de CampoBase)

Espero no ser un tipo de esos que se pasan la vida mirando hacia atrás, anclados en los recuerdos y lastrados por su pasado. Pero ahora que llega el final del año es inevitable hacer resumen y echar un vistazo a lo sucedido en los últimos meses. Cuando así lo hago, no suelo recrearme en los momentos de plenitud vividos en las cimas, ni en los cientos de horas de trabajo duro y esfuerzo que requieren esos instantes. Cuando uno hace del Himalaya su vida, su pasión y su religión, las satisfacciones serán abundantes y  duraderas. Pero todos los años varios amigos y conocidos se quedan por el camino. Y sus vidas, que siempre fueron demasiado cortas, me sirven tantas veces de inspiración.

El personaje que yo siempre pensé que nunca moriría en el Himalaya desapareció en mayo en el descenso del pilar oeste del Makalu. Slava Terzeoul, de Ucrania, era mi amigo desde 1996, cuando él ascendía con un jersey de lana y unos guantes rotos al G II. Una llegada muy tardía a la cumbre en medio de una pavorosa tormenta, a la que asistí como impotente testigo, selló su destino para siempre. Era su duodécima cumbre principal de 8.000 metros, además de la antecima del Broad Peak y la central del Shisha Pangma. Siempre me gustó su forma de ver la vida, su sonrisa repleta de piños de oro y el salchichón que me regalo días antes de su muerte insistiéndome en que abandonara mis hábitos vegetarianos. El mismo día que el de Odessa, murió su compañero de cordada, el norteamericano Jay Sieger, que se dio la vuelta  60 metros por debajo de la cumbre sólo para despeñarse en el descenso. Jay era otro viejo conocido. Un hombre pausado que escalaba bajo unas mochilas pesadísimas. Hacía 7 años que coincidíamos por Asia, y será extraño no ver más su desgarbada figura en los campos base.

En el K2 las cosas no fueron mejor. Cuando bajábamos de cumbre entró la tormenta y se llevó a 3 de las 14 personas allí encaramadas. Me crucé con Alex Gubaiev a 8.400, y hablamos 5 minutos. Me dijo que se encontraba muy bien, pero también desapareció. Un iraní y un ruso, pareja de fortuna que insistió en quedarse en el campo 4, también pereció, pues el K2 se los tragó sin masticar.

Pero la peor sorpresa llegaría de Pakistán. Allí se quedó una expedición de alpinistas auténticos y geniales, (por cierto, mi respeto y admiración) y uno de ellos tampoco regresaría: Manel de la Matta. Con la cantidad de medias verdades e hipocresía que se derrama en los obituarios, sus compañeros de expedición se han quedado cortos al describir sus vastas cualidades humanas. A Manel nunca le faltó para mí una sonrisa amigable, un abrazo franco y mucha conversación inteligente. Como persona y como alpinista, Manel era alguien fuera de lo común.

Aquí acaba mi memoria reciente. La muerte es parte de la vida, y que la vida en las montañas enseña lo que ninguna escuela. Qué ingenuidad: a veces pensamos que los accidentes sólo les suceden a los otros, esos otros que se cruzaron en nuestro camino, y gracias a que fue así. En ellos pienso hoy, y su recuerdo no se borrará fácilmente.


Sorpresa, sorpresa (Columna publicada en el número 11 de CampoBase)

Me preguntan en numerosas ocasiones, en entrevistas periodísticas o en conferencias audiovisuales, sobre los métodos de preparación física y psicológica que sigo para escalar montañas grandes. Me gusta más responder a la segunda parte, la cuestión mental, y suelo decir que lo más pertinente, en mi opinión, es abrir el balcón de casa, localizar el contenedor de basura más cercano posible, y arrojar el aparato de televisión a su interior. A partir de entonces, será más fácil despegar el culo del sillón y salir a vivir. La televisión como invento tiene su potencial positivo, pero hoy se ha convertido en una máquina de generar bazofia, con honrosas aunque escasas excepciones.

Este pasado verano tuve la fortuna de escalar el K2 con un amigo rumano, un dentista de Timisoara joven, inteligente y sensible que se llama Horia Colibasanu. Horia resultó ser un gran tipo, y hemos mantenido el contacto después, intercambiado fotos y recuerdos. Ahora él es el primer rumano en la cima del K2, y eso supone mucho en un país pobre que lucha por salir adelante. Así las cosas, un buen día de noviembre abrí mi correo electrónico para encontrarme con un mensaje enviado desde Rumanía que inquiría sobre las posibilidades de que yo me presentara de inmediato en aquel país para participar en un programa de televisión llamado “Surprize, Surprize”, en el que mi amigo Horia iba a participar como estrella invitada.

Estoooo...¿“Sorpresa, Sorpresa”? Ehhhh, me suena... Efectivamente, me acordé de aquel infame bodrio que años atrás presentara Isabel Gemio en alguna cadena estatal. Me pareció por un momento ver a aquellas señoras gordas abrazándose llorando al son de alguna música pegadiza, mientras las mamachichos bailaban por detrás cierta coreografía no muy complicada... En España no hubiera tenido dudas, y por vergüenza jamás hubiera aceptado la gentil invitación, pero en este caso lo pensé por un rato y acepté. Más que los principios pesaron la  posibilidad de conocer un nuevo país, de ver a Horia otra vez y también las ocho horas de vuelos “por la patilla”.

La cosa fue divertida. Pude compartir bambalinas con las mamachichos: qué hermosas son de carne y hueso (más de lo primero que de lo segundo). No era ningún montaje, y Horia se llevó una grandísima sorpresa al verme aparecer,¡tachán!, tras el decorado. Me llevé dos impresiones, ambas tristes. La primera es que la televisión que se hacía pocos años atrás era aún mejor que la de ahora, lo cual resulta deprimente. Y la segunda es que, dada la pobreza que se ve allí, siempre será un milagro que un rumano encuentre la cantidad de dinero necesario para pagarse un lujo y un vicio como escalar en el Himalaya. Cuando me iba, en cambio, la sorpresa me la dio Horia a mí. Me pasó una revista diciéndome “hay un articulo sobre nosotros aquí.” Debía ser una revista tropical más que rumana, porque la chica de la portada no tenía ropa. Arriba ponía PLAYBOY. Todo en rumano. Y efectivamente, entre “Nicole” y “Rosana”, allí estamos nosotros, sonrientes y helados en la cima del K2. Qué paradojas, unos tanto frío y otras tanto calor...



La lista negra  (Columna publicada en el número 12 de CampoBase)

La primera salida del invierno para escalar en hielo nunca está exenta de una excitación especial y supone en realidad más el redescubrimiento de sensaciones casi olvidadas tras el verano que otra cosa. Ser escalador de hielo en el Pirineo puede parecer a veces que es algo así como ser torero en Noruega, pero lo cierto es que las oportunidades abundan si se sabe buscar, esperar y salir en el momento adecuado.

En esta primera salida del año, el pasado mes de diciembre, habíamos escogido las pequeñas  cascadas del Anayet, en la Canal Roya del Pirineo Aragonés. No esperábamos nada nuevo porque esta es una zona que está cerca de casa y venimos a menudo a trepar por sus líneas sutiles y efímeras, con la ilusión de un principiante.

¿Nada nuevo? Bendita  ingenuidad la nuestra. Conforme nos acercamos al aparcamiento, a un par de kilómetros de Francia,(de ese parque nacional de los Pirineos que parece ser parte de otro mundo), empezamos ver camiones y excavadoras, tierra removida y líneas de telesillas  recién instaladas. Es un destrozo inmenso, y todo para inaugurar un par de pistas (de momento, supongo) que son una pura ponzoña incluso desde el punto de vista de un esquiador de pista, que también lo soy. Se nos abre la boca y los calificativos varían, pero tienen en común que son todo lo expletivos y terminantes que permite el castellano, que es un idioma bastante rico para esos menesteres. ¿Quién les ha dejado? ¿Hemos sido nosotros?

Yo venía siguiendo con cierta preocupación el asunto, durante el verano y sin haber visitado el lugar. La verdad es que no me fío un pelo de los ecologistas, ni de nadie que me prohíba escalar en un sitio para luego llenarlo de turistas. Me pasa lo mismo con los pacifistas, los belenistas, las feministas, los economistas, y en general con cualquier asociación de individuos (o individuas) con fines varios. Y esta vez no es diferente. Pero la historia de Espelunciecha, que es el nombre de este maltrecho valle, merece la pena. Y simplemente por motivos sentimentales, no hay nada más detrás.

Los promotores de la idea no saben de sentimientos que no sean otros que el peso del oro en sus bolsillos. Así nunca remontarán el vuelo, pues pesan demasiado y de todas maneras nunca tendrán tiempo para gastarse lo que ganen.. Se llaman ARAMON. Se asocian políticos y hombres del dinero, se pasa por encima de cualquier barrera legislativa o de estudios de impacto, se vende el rollo como desarrollo sostenible, que suena de cine, y  se invierte uno y se saca diez. Y no podremos hacer nada.

Bueno, algo si podremos hacer. Patalear. Y también podemos dejar de esquiar allí. Formigal, Panticosa, Cerler, y las demás forman ya una lista negra. O sea, ni tocarlas. Alguien tiene una página web donde se apunta la gente que no esquiará en las susodichas estaciones. Yo me apunto Y seremos uno hoy, y mañana cien, y quién sabe si después mil. Y ellos, los de ARAMON, comprenderán que todavía quedan idiotas, como yo, que harán las cosas según se lo dicte su conciencia, que es una cosa muy rara y muy difícil de explicar que algunos tíos tienen en la cabeza.



Oh la la, qué bochorno  (Columna publicada en el número 13 de CampoBase)

Leo con interés uno de los últimos ejemplares de la antes mítica revista de la competencia (El Sin-nivel que dice alguno). Lo cortés no quita lo valiente, claro, aunque uno cree por supuesto que el futuro pasa por ésta que ustedes han comprado, digamos de paso que creo que con buen criterio. El articulo en cuestión habla del macizo de Peña Telera, en el Pirineo Aragonés. Lo firma el alpinista Lorenzo Ortas, a quién no tengo el gusto de conocer, aunque es una de estas personas que te caen bien sólo de oídas porque pertenece a una casta de montañeros de leyenda, y es uno de los supervivientes. Así que me lanzo a su ojeo, digamos.

El macizo de Telera es un jardín. No me estoy poniendo cursi, me refiero a un jardín de infancia, un parvulario donde hemos aprendido lo básico y lo que viene después sobre alpinismo. La cara norte,  surcada de corredores, de diferentes dificultades y longitudes, ha supuesto para varias generaciones el descubrimiento de un mundo mágico, el de la montaña invernal, que jamás decepciona, y que a veces es un trampolín para descubrir montañas más grandes o más lejanas. El caso es que en el mencionado articulo, bien surtido de fotos y croquis, se podía uno ver reflejado, en su evolución personal y en su desarrollo como alpinista hasta llegar a estas altísimas cimas (de la miseria, que diría Groucho Marx). Allí muchos tuvimos por vez primera la sensación de que la montaña puede ser un camino a seguir. Nunca he sentido la necesidad de abrir nuevas vías para reafirmar mi modo de entender la montaña ni para abrirme camino. Pero alguna vez me ha sucedido, eso de estar en el sitio justo con la gente adecuada. Precisamente en Telera, el último día de 1989 y con Mikel Madoz y Juan Tomás, participé en una primera, en el macizo del Pabellón. Juan, el alpinista que más confianza me ha inspirado por su modo de escalar en hielo y mixto, llevó el peso de la ascensión, y yo recuerdo ir de segundo y hacer lo que me decían. Siempre ha habido clases. Era un bonito corredor, con un muro de hielo al principio y bellos resaltes. Le bautizamos ‘Bochorno glaciar’, aunque nuestro amigo Juanito (de apellido Cebriain, no piensen ustedes mal) quería  bautizarla “Sadam Hussein, herria zurekin”, (el pueblo, contigo). Nombre curioso, porque entonces no sabíamos nada de lo que se nos venía encima, cuando pasara a mandar y presidir el hijo de... quién mandaba y presidía entonces. En los inviernos siguientes, la escalé a pelo, con la novia, con cursillistas, y cantidad de gente reafirmó su belleza e interés.

Por eso me sorprendo al ver en el citado articulo dibujada nuestra línea y ver que le llaman “Goulotte du croissant”, “abierta” en 1994, adivinan ustedes, por unos franceses que imagino ladinos y taimados, por supuesto. Supongo que los clavos que dejamos o no los vieron o pensaron que los había puesto el ayuntamiento. No es por vanidad, créanme, pero es que no me ha pasado a menudo lo de abrir vías. No soy, por ejemplo, como mi amigo Mikel Zabalza, que ha abierto docenas, y que si le pasara esto le importaría un huevo de pato. La verdad es que no importa como la llamen, si la escaláis no os decepcionará. Eso sí, el día que vayais a hacerla desayunad Muesli, que va mejor que los croissants, qué duda cabe.



Se llamaba Shinichi (Columna publicada en el número 14 de CampoBase)

Recuerdo con nitidez las temporadas pasadas trabajando de temporero en expediciones comerciales. Se que volveré a hacerlo algún día, pero no tengo mucha prisa. Es la vida del obrero del Himalaya. Tengo grandes amigos que fueron clientes una vez, o porteadores de altura sherpas, pero mis memorias dejan algo más que desear cuando pienso en mis variados (y despóticos) jefes. El peor de todos ellos fue un auténtico gusano humano para quién tuve la inmensa desdicha de trabajar en el año 2002 en la cara norte del Everest. Todavía me debe 13.000 dólares USA, que sé bien que no cobraré en esta reencarnación. El personaje en cuestión es un alcohólico nada anónimo, pagado de si mismo y de violentas resacas, capaz de hacer sentirse desgraciado a cualquiera que se le asocie; clientes, guías o sherpas.

El tipo, eso sí, era capaz de trabaja sin descanso, con todo su matutino malestar. Dando voces a diestro y siniestro, y jurando en arameo, se movía y hacía moverse a su gente. Todos de uniforme, cada cosa ordenada en línea, en su sitio, limpio. Y ojo con la cerveza, que no se pierda ni medio litro. Éramos, una de las primeras expediciones en llegar, y enseguida comenzamos la tarea de subir y bajar, aclimatar y fijar cuerdas. En la norte del Everest no hay que ponerse los crampones, ni las botas, hasta los 6.600 metros. Después de un pequeño llaneo, se alcanza la rimaya de la pared del collado norte, donde comienzan las cuerdas fijas, y se acaba la aventura.

Aquel año fue muy seco, y el primer día nos fijamos en una mancha naranja que sobresalía apenas 30 metros a la derecha de la ruta. Me apresuré hacía allí, mientras uno de los serpas, Phurba Tashi, me agarraba del brazo, impidiéndomelo. “Es un muerto”, me dijo, y pude ver en sus ojos el miedo y la superstición. Yo ya lo sabía, pero aún así me acerque en silencio. Era obvio lo que había pasado, puesto que lo que quedaba de aquella persona estaba acurrucada en posición fetal. Habría sido una avalancha, de hace bastantes años, puesto que las ropas y el material eran viejos. La cara  estaba, más vale, enterrada en el hielo, y un bastón de esquí retorcido rodeaba el cuerpo de una forma siniestra. Se lo conté a mi jefe, y al día siguiente nos pusimos en marcha, cargados con el piolet más afilado que encontramos, y también con un pico de obra.

La labor fue de las más ingratas que recuerdo. Picamos y picamos durante 7 horas, y mi jefe, 15 años mayor que yo, cavó con una furia cuyo origen desconozco. Los sherpas miraban a una distancia prudencial, no por pereza, sino por miedo. Conforme avanzamos, el trabajo pasó a ser prácticamente intolerable. El hielo era durísimo, y el olor nauseabundo hacía que nos retirásemos cada pocos minutos, enfermos y agotados. Cuando conseguimos extraer el cuerpo de las entrañas de la montaña, lo retiramos de miradas y cámaras indiscretas, y avisamos del hallazgo.

Un mes después representantes de la familia vinieron desde Japón a llevárselo y honrarle con unas exequias decentes. Había muerto el 17 de septiembre de 1985 en una avalancha. Era un fotógrafo que se llamó Sinichi Ishi. Yo le recuerdo con respeto, y pienso en lo extraños que son a veces los caminos de la vida.



Un viaje astral (Columna publicada en el número 15 de CampoBase)

En el campo base de aquella montaña, en abril de hace unos años, hacía un frío bastante serio. Cinco amigos nos medíamos con una cara norte inmensa, una de las más minusvaloradas de entre las grandes. Teníamos la experiencia justa pero muchísima ilusión, que ciertamente es una situación mucho mejor que la opuesta. Fue una escalada seria e interesante, difícil para lo que se estila por allí. Siempre se recuerdan con nostalgia lo buenos tiempos, y aquellos ciertamente lo eran. Entonces, como ahora, intentábamos vivir para escalar, y nos conformábamos con poco más. Aquél día que iba a resultar tan particular habíamos descansado, en el prado llamado Pangpema donde estaban nuestras tiendas. Seguíamos al pie de la letra la vieja máxima expedicionaria de comer hasta tener sueño y dormir hasta tener hambre.

Aquella noche empecé a sentir como un lejano susurro, de esas cosas que no sabes si forman parte de los sueños o de la realidad. Alguien pronunciaba mi nombre. Al principio creí que quizás fuera un sueño, una de esas violentas pesadillas provocadas por la hipoxia. Después me di cuenta que alguien necesitaba, más bien imploraba, mi ayuda, puesto que la voz parecía lejana y angustiada. Vencí rápidamente la tentación de quedarme en el saco, y apresurándome salí a los ingratos 15 o 16 grados bajo cero del exterior. Mi sorpresa aumentó al percatarme de que el susurro procedía de la tienda más próxima a la mía, obviamente un amigo estaba en algún tipo de apuro.

Cuando llegué a su tienda, la escena era ciertamente surrealista. Mi amigo estaba en la entrada, en pelota picada. En sus ojos enrojecidos se leía una expresión de pánico, y también una cierta ausencia, y su cuerpo temblaba y sudaba en medio de aquél frío glaciar. Me asusté. Pronto empezamos a montar jaleo, en la pelea por entrar de vuelta a la tienda y al saco de dormir, y llegaron otros compañeros, impresionados igualmente por la escena. La siguiente media hora fue de pánico, pues mi amigo decía estar fuera de su cuerpo, en el techo de la tienda, y desde allí observaba su propio cuerpo y a quienes le rodeábamos. Claro, no teníamos en nuestro botiquín ninguna medicina para eso, así que le arropamos como pudimos e intentamos traerle de vuelta a su cuerpo terrenal. Después hubo suerte, y aunque nosotros no hicimos mucho, él poco a poco fue volviendo al mundo que conocemos como normal, y para el amanecer, unas horas después, todo había pasado.

Buscamos consejo en los dos médicos yankis que había por el base. Uno me dijo, el muy cachondo, que aquello tenía pinta de ser el síndrome del estrés post-traumático, que éramos un poco jóvenes y tal...Otro, Scott Mckee, dijo que aquello sólo podía ser causado por drogas. La respuesta a la causa la encontró mi propio amigo, un día que se encontraba particularmente bien, muy fuerte, andando por el glaciar. Después dejó de estar bien, y empezó poco a poco a alucinar. Ese día, al notar los mismos síntomas que la noche de autos, se percató de que había mezclado dos fármacos, para la tos y la garganta, y que estos eran los causantes directos del viaje. Me quitó un peso de encima, y desde entonces solemos llevar gaseosa al Himalaya, para los experimentos...



El mago Yuri  (Columna publicada en el número 16 de CampoBase)

Los ojos de Kami se abren como platos mientras empieza a buscar por el suelo de la tienda comedor del campo base, mientras Yuri entretiene a la audiencia y disimula. Kami es un sherpa serio, un jefe conocido por su honradez que no se puede creer lo que le está pasando. Yuri le ha entregado un valioso anillo de oro, que además pertenece a otro porteador de altura, para que lo guarde. Mientras se lo daba, el anillo ha desaparecido. Volatilizado. La numerosa audiencia sonríe al ver la escena, aunque algunos rostros parecen asustados ante el problema que se avecina. Yuri finge darse cuenta tras unos segundos. Parece paciente, después tenso y finalmente enfadado, provocando en Kami sudores fríos. Al final, el anillo aparece,¡en el bolsillo del muy avergonzado Kami!...

Los sherpas, esos hombres duros y simples, jamás habían presenciado una sesión de magia como la que les regaló Yuri Contreras, este mejicano grande y simpático. En sus rostros vi la emoción, las lágrimas y la pura diversión que ya son prácticamente imposibles de encontrar en nuestros niños, que saben latín. Yuri fue el primer mejicano en subir al Everest dos veces, y en esta ocasión participaba en una expedición al Lhotse que yo dirigía, aunque lo cierto es que bien poco tuve que mandar con gente como él. Varios de ellos subirían al monte al final de la temporada, después de esperar como pocas veces.

“Pero Yuri, ¿por qué llevas un nombre tan poco mejicano?” le pregunté. “Bueno, pinche huevón, es cosa de mi padre. Yo ya era el séptimo hijo, así que ya no le quedaban nombres para elegir. Creo que cuando nací un ruso que se llamaba Yuri Gagarin subió al espacio...y le gustó el nombrecito. Le valió madres al guey”.  La mayoría de los mejicanos que encontré en mi camino son muy buena gente y Yuri es el más divertido de todos.

A partir del primer día en el que hizo magia, por nuestro campo base empezaron a aparecer sherpas de todas las expediciones, a tomar un té y a ver que hacía el mago. Conviene llevarse bien con lo oculto, y también le traían regalos y cosas así. La siguiente sesión tuvo lugar pronto, debido a la “presión popular”, en una tienda abarrotada. Yuri pidió a los sherpas que escribieran una palabra en inglés en un papel, mientras él estaba fuera de la tienda. Después entraba, los sherpas quemaban el mencionado papel y Yuri adivinaba la palabra antes escrita viendo sólo las cenizas. Después sacó sus cartas y pidió a alguien que colocara cuatro en línea en una mesa. Las fue tocando con su varita, diciendo “ti-ri-ri-ri”, y al darles la vuelta se habían duplicado, convirtiéndose en dos cartas iguales cada una. El asombro y el miedo se reflejaban en los rostros de aquellos hombres tan curtidos.

Unos días después, PaDawa, un chico que vive en Pangboche, se acercó con guasa y le pidió a Yuri un favor especial. “¿Puedes hacerme a mi el ti-ri-ri-ri?”. Yuri se mostró sorprendido y preguntó la causa de la propuesta. El sherpa sonrió y se explicó:“ Es que así haces dos PaDawas, y mañana mando al otro a portear a la cascada de hielo...” Nos reímos durante días, y muchos por allí recuerdan bien a magic Yuri , un hombre cuyo país no conocen, pero que consigue cosas imposibles.


El fin de los días (Columna publicada en el número 17 de CampoBase)

La cosa no parece tener remedio. Al loro, que empiezo con la cuenta de (algunos de) quienes han subido al Everest el pasados mayo y principios de junio: el australiano más joven ( 20 añitos repletos de experiencia); la estadounidense más joven (otros tantos tacos, que además padece una enfermedad llamada desorden deficitario afectivo, que no sé qué coño es pero suena bastante chungo y de paso viene bien para el tema de los sponsors); un tío que clamaba por la paz mundial, aunque ni Dios parece haberle hecho mucho caso; dos indios que se han casado en la cima (en diez minutos porque hacía aire,.a ver qué querían..); un surafricano de color (la virgen, qué frío) que además es la segunda vez que sube; otro tipo que llevaba las cenizas de un colega que había cascado un mes antes en el mismo Everest (de un jamacuco). También han estado ahí un ex rumano ahora yanki que, aunque no se lo cree nadie, dice haber subido ya 7 veces (personaje conocido por mentir cual bellaco y abusar de su esposa, que mira tú por dónde, es de raza sherpa); el mítico y cordial sherpa Apa, que este sí que es verdad, ha subido ya 15 (¡) veces; mi amigo Willie Benegas, como guía porque el alpinismo de verdad no da de comer; un abuelo ruso que se llama Nikolai y es muy majete; otro amigo de León, (el Calleja), de lo que me alegro mucho; y así podríamos seguir hasta agotar mi espacio o antes aún, agotarme yo. Todos tienen una cosa en común; han usado sherpas, cuerdas fijas y oxígeno. De hecho hubieran usado helio si ello les garantizara la cima, ese lugar de leyenda, tan deseado que hombres y mujeres nos hemos encargado bien de violar su intimidad hasta la saciedad. Pero no pasa nada, nos hemos acostumbrado, y también es cierto que a día de hoy es el Everest el único lugar que atrae a estas muchedumbres, afortunadamente.

Pero en la lista nos falta Didier. Didier Delsalle es piloto, de helicópteros concretamente. En la foto de agencia se le ve orgulloso, sonrisa profident y champagne en mano, brindando por el último y extraordinario logro de la ciencia; un helicóptero ha volado a 9000 metros sobre la cima del Chomolungma, la montaña que ningún pájaro puede sobrevolar. De ello fueron testigos muchos alpinistas. Según Didier y los fabricantes del aparato, que se llama eurocopter y que vuela ciertamente más alto que la constitución de la Unión, además han realizado dos aterrizajes en la cumbre, los días 14 y 15 de mayo.( Si pretenden que nos lo creamos tendrán que demostrarlo, porque en el video que han enseñado se aprecia de sobra como NO aterrizan en la cima, ni hay testigos de ello, aunque a fin de cuentas da igual). En fin, uno podía suponer que un día así llegaría, pero personalmente esperaba no vivir para verlo. Ya se habla de alguna agencia nepalí que ha encargado el aparato en cuestión, que lo tiene todo menos lo de ser barato, para comenzar a efectuar rescates y también para llevar turistas a la cima.

Han pasado 25 años de la primera ascensión estatal al Everest, por Martín Zabaleta, pero parece que hubieran sido mil. Al pobre Everest lo del helicóptero es lo único que le faltaba. Es el fin, el fin de los días. Ahora bien, el día que venga Tom Cruise y suba, ese día me compro un bombo y un abono para ir a los toros en sanfermines, y a ver al Osasuna el resto del año. Hasta ahí podríamos llegar.



La trituradora  (Columna publicada en el número 18 de CampoBase)

Han leído ustedes los avisos en letra muy pequeña que aparecen en algunos artículos de montaña y escalada? También salen en las revistas y nos avisan de que los deportes de montaña son potencialmente peligrosos, de paso que se descargan de responsabilidades. Las estadísticas, que como sabe todo el mundo no valen para nada porque sólo les pasan a los otros, dicen que escalar montañas es uno de los deportes más peligrosos. Lo que no dicen es que lo más peligroso de todo es vivir, actividad a la cual nadie sobrevive, y que nadie ha elegido.

Entre los diferentes deportes de montaña, o como quieran ustedes llamarlos,(el nombre de las cosas  nunca cambia su esencia) sostengo que ninguno es ni de lejos tan arriesgado como el himalayismo, y más concretamente cuando se practica sobre la cota de 8.000 metros. De acuerdo estoy en que, en cualquier tipo de escalada, la gravedad no suele tener piedad y el suelo está lejos pronto. Pero los ochomiles demostraron desde el principio que no respetan a nadie, desde que el Nanga  se tragó al mejor alpinista de la época, Alfred Mummery, en aquel intento visionario de 1895. Esa misma montaña que luego no ha resultado ser tan peligroso como otras, exigió 32 vidas antes de su primer ascenso, en el año 1953.

Desde entonces los himalayistas han muerto, uno tras otro. Los dos primeros que se enfrentaron abiertamente a Rehinhold Messner en la carrera por los 14, Jerzy Kukuzcka y Marcel Ruedi, se dejaron allí la vida. Messner se retiró, como otros, pero muchos no lo consiguieron a tiempo. Las elites francesa e inglesa prácticamente desaparecieron, Pierre Beghin era creativo, y Benoit Chamoux rapidísimo y coleccionista, pero da igual, ambos se quedaron allí. Los legendarios Peter Boardman y Joe Tasker, Alex McIntyre, Alan Rouse, y algunos más murieron jóvenes. Tampoco importa ser simplemente el mejor, como Anatoli Boukreev, o ser guía y tener oxígeno, como Rob Hall y Scott Fischer.

A las mujeres no les ha ido mejor, más bien mucho peor. Desde que muriera la primera, Claude Kogan, en una montaña de apariencia tan simple como el Cho Oyu, han ido cayendo una tras otra; Wanda Rutkiewicz, Alison Hargreaves, Ginette Harrison, Julie Tullis, Lilianne Barrard, Chantal Mauduit. Todas con varios ochomiles. Entre los españoles, más de lo mismo; Atxo Apellániz, Pepe Garcés, José Luis Zuloaga, Felix Iñurrategi, Xavier Ormazábal. En los últimos 12 meses, 4 alpinistas que terminaban los 14 ochomiles murieron en el empeño: Wladislav Terzeoul (con 13--8000), Mu Taek Park (8), Hideji Nazuka (9), y, el pasado mayo, Christian Kuntner (13).

De cualquier género, de todos los países, de cualquier edad o empleando cualquier estilo de escalada. No importa, el Himalaya es una trituradora. Ningún escalador deportivo, ‘bigwallero’, paseante, esquiador o alpinista se enfrenta a riesgos así.Y de esos himalayistas, y peor aún, de los que quedan vivos, la sociedad fabrica falsos mitos, leyendas vacías e ídolos de pies de barro. Visto lo visto, se preguntarán ustedes por qué hacemos algo así. Pero eso es mucho preguntar, es como si yo cuestionara qué coño pinta un obispo en una manifestación, siendo ésta además contra un tipo de matrimonio CIVIL. Pues eso, que ni Dios sabe la respuesta.



Los andaluces (Columna publicada en el número 19 de CampoBase)

Parece mentira que ya ha pasado un año. Cuando estábamos, 12 meses atrás, en el campo base del K2 el tiempo discurría ciertamente a otro ritmo, impuesto  por la maravillosa meteorología pakistaní, que es vana y caprichosa como pocas, y que puede hacer que pasen los días y que el cielo no deje de descargar una nieve pesada y copiosa como el sueldo de un futbolista. Era el aniversario de marras, y sobre la morrena  del glaciar más de cien tiendas daban cobijo a muchos sueños y anhelos. Se vio un poco de todo. Había todo tipo de gente: soñadores, alpinistas de elite, personajes de  alma corrompida, románticos empedernidos, vividores, peliculeros, y también gente de esa que te abrasa con su interminable logorrea. Españoles, italianos y suizos, ingleses, colombianos, rumanos, coreanos, japoneses, rusos y, joder, hasta un francés.

Pasamos muchas horas juntos, de tienda en tienda, de país en país. Visto lo oído y publicado a posteriori, podría parecer que el ambiente en aquellos dos meses fue tenso y polémico, pero nada más lejos de la realidad. En esas semanas de espera, hubo gente que no salió del perímetro de sus propias tiendas, encerrados en su propio ego y encantados de conocerse, o  en otros casos únicamente buscando cierta paz, pero también hubo otros que sólo volvíamos a nuestro campo para dormir o comer. Yo era de estos últimos y en ningún sitio encontré tanta buena gente por metro cuadrado como en la tienda de los andaluces.

Los había conocido en el año 2003, cuando llegué al campo base del K2 con un grupo kazajo después de subir al Nanga Parbat y al Broad Peak. Entonces el tiempo no dio opción, y sólo pisé la montaña un día. Pero los andaluces eran el centro de reunión, y aunque ya se marchaban tras dos meses de espera, pude comprobar que eran amables, hospitalarios y divertidos. Aquel año habían hecho la mayor parte del trabajo, y estaban decepcionados. Hicimos una gran comilona de despedida, y en la alcohólica juerga que siguió, uno de los suizos se atizó entre las piedras una galleta olímpica, lo que anima cualquier fiesta. Este 2004 algunas caras habían cambiado, pero no su espíritu abierto y generoso, y compartimos tapas y cafés, jamón y chistes, y resultaba imposible ir a darse un paseo  porque siempre acababas con ellos, que eran “lo más grande”.

Salí hacia la cumbre cinco o diez minutos antes que su grupo. Esperaba que también subieran, pero no fue así. Cuando bajaba por la travesía del cuello de botella, me percaté de que su grupo se había dado la vuelta a 8400 m., medio envueltos en la tormenta que se avecinaba (y que mataría a tres personas). Nervioso, dejé de lado las cuerdas y les adelanté sin pedir permiso, casi sin saludar. Aún así no me chillaron.. No subieron al K2, eso está claro, pero ¿y qué?. Espero que no sean ustedes  de esos que clasifican a la gente según el grado que escalan, según el número de ochomiles que tengan,  o según por qué ruta los hayan subido. Discúlpenme, pero eso solo son gilipolleces. Lo que perdura un año después es el calor y la amistad incondicional que salía siempre de aquella gran tienda naranja, siempre llena de alegría, hospitalidad y de andaluces, por supuesto.



Hermana Myriam  (Columna publicada en el número 20 de CampoBase)

El sol nos daba de lleno en esa segunda reunión de la vía ‘Anaconda Bong’. Era primavera, y nos estábamos quemando la piel de la espalda. En Etxauri, hay que saber moverse bien al escalar y no basta con usar sólo la fuerza bruta. Ella estaba hecha para trepar con suavidad y elegancia, con esa elasticidad y belleza que no está al alcance de cualquiera. Cuando alcanzó la reunión, le dije:
- Myriam, que dice mi padre que a ver cómo voy a ganarme el pan cuando sea mayor.
Sonrió mientras maniobraba para comenzar a descender, y me dijo sin perder la alegría;
- Bueno, ya encontremos alguna manera decente, y si no, siempre podremos llevar “tostaos” al monte...

No se equivocaba. Myriam García Pascual era cuatro años mayor que yo, pero a mi siempre me pareció que sabía como si tuviera cien más, que era capaz de ver claras las cosas de la vida que para mi formaban todavía parte de una oscura nebulosa. Ahora sé que no era así, que simplemente Myriam había elegido un camino, y que lo seguía con la dicha y la pasión del que sabe que hace con su vida lo que quiere. Myriam era una mujer hermosa por dentro y por fuera, y había algo en ella que te hacía quererla al instante, y que ha marcado para siempre a quienes se cruzaron por su camino. En ella encontré a la amiga y la hermana que siempre estuvo ahí. Era generosa, libre y valiente, sensible e inteligente, divertida y carismática. Y una conductora espantosa, un auténtico peligro al volante.

Escribió el libro más hermoso que yo haya jamás leído, y desde luego el que más me ha influenciado. “Bájame una estrella”, así se titula, es un monumento que debería figurar en un lugar destacado de cualquier biblioteca. El libro es tan tierno cómo “El principito”,  divertido como “La conjura de los necios”, al menos tan estremecedor como “Las cenizas de Ángela” y desde luego más profundo que “La nausea”. Es un sencillo canto a la vida simple y salvaje, es una poesía repleta de amor y de sensibilidad. (Y además ilustrado por Mónica Serentill, vaya lujo.)

La primera vez que lo leí, a finales de 1989, me lo había pasado la propia Myriam, todavía en forma de borrador en unas hojas escritas a mano. Habíamos escalado en Riglos el fin de semana, habíamos comido glotonamente, escuchado a Rosendo (para variar), y habíamos hecho otro vivac. En Ayerbe, hicimos auto-stop bajo la lluvia para regresar a Pamplona, pero casi no pasaba nadie. Entonces Myriam sacó las hojas manuscritas, pero al pasármelas se las llevó el aire y cayeron desparramadas por la carretera, mojadas. Myriam soltó un taco, y mientras las recogíamos, dijo:
-Ayyy, me parece que esto no lo va a leer nadie en la puta vida...
Se equivocaba. Las secamos una por una, y me las llevé a casa como un trofeo. Ahora, a veces, la extraño. En ocasiones me gustaría ir a escalar con ella, o tomar un café, y dejarle hablar y que me cuente, y después contarle yo. Por eso y por muchas otras cosas a menudo pienso en Myriam, que, como dijo el poeta, tenía una existencia sin puertas, pero con un montón de ventanas...


Masturbación y vida (Columna publicada en el número 22 de CampoBase)

Me gusta dar proyecciones y charlas audiovisuales sobre mis escaladas en el Himalaya. El contacto con el público es siempre enriquecedor, y brinda la oportunidad de que las experiencias que vivimos no caigan en saco roto. No estoy hablando de un alpinismo de lo útil, y no sé hasta que punto nuestras historias calan de verdad en el aficionado, pero lo cierto es que cuando menos la gente puede viajar con la imaginación durante un rato, y olvidarse de las cosas cotidianas y de la malvada televisión.

Además de realizar las mías propias, también me agrada asistir a las de mis compañeros. Las que más me han gustado han sido aquéllas en las que los conferenciantes no basaban su éxito en la técnica, en guiones y músicas elaboradísimos con cantidades inmensas de proyectores y mareantes fundidos, o con pretenciosas voces en off  capaces de aburrir a las ovejas. Prefiero oír lo que alguien tiene que decir en directo, y que me transmita su estado de ánimo y su manera de ser de viva voz. Así, he asistido con gusto e interés a charlas de Scott,  Cassarotto, Diemberger, Messner, Loretan , Huber, Latorre, Iñurrategi y muchos más. Otros ( y otras), mejor no citarles, han sido malos con avaricia, o tremendamente indolentes o perdonavidas, y a veces se puede llegar casi al ridículo. Pero casi  siempre se aprende algo nuevo.

La parte más interesante es la del coloquio que se establece entre conferenciante y asistentes. La gente pide explicaciones y el ponente las da, intentando, al menos en mi caso, ser sincero y a veces diplomático, aunque no soy ningún gurú. Las preguntas y reacciones de los asistentes me dicen mucho sobre ellos y sobre mi mismo. Me resulta sorprendente ver cómo, en las proyecciones para adultos, enseguida aparece la cuestión del porqué; por qué dejamos nuestros lujos, nuestro confort, nuestro dinero y nuestras seguridades cotidianas para realizar algo tan arriesgado y aparentemente inútil como escalar en el Himalaya. La gente quiere respuestas e insiste siempre en lo mismo.

Con los niños es diferente. Cuando vamos por colegios con nuestras fotos, y cuando escuchan nuestras explicaciones, el 99% de los chavales capta el tema al vuelo, y te pueden preguntar cosas como “¿y cómo cagáis? “, sin cortarse un pelo, pero nunca cosas que están tan claras como “¿Por  qué?”.

Después de más de 220 charlas y conferencias, algunas de las miles de preguntas respondidas son ya parte de la leyenda. La palma se la lleva un chaval joven, de unos 14 años, que asistía con su colegio a unas jornadas de prevención en el día mundial anti-tabaco. Era un auditorio abarrotado por más de 500 personas, todas de su edad, y antes que yo habían desfilado por el estrado médicos y deportistas hablando de los beneficios de una vida sin tabaco. Después salí yo, y les conté mi ascenso al Everest y cosas que yo consideré interesantes. Estuvieron tranquilos y callados, aunque el chaval en cuestión debió dormir plácidamente. Después pasamos a la ronda de preguntas, y el chico pidió el micrófono con interés. Cuando le llegó, se hizo el silencio y 500 pares de ojos se clavaron en él. Sin dudarlo un instante, me soltó; “¿Es cierto que la masturbación alarga la vida?”. Se montó tal guirigay  que tuvimos que suspender la sesión momentáneamente. Más vale, porque no hubiera sabido qué decirle.



Evaristo y la prensa basura (I) (Columna publicada en el número 23 de CampoBase)

Me han regalado, aprovechando que son navidades y que estoy en casa de milagro, un invento increíble, seguro que, como yo, hasta ayer mismo jamás habéis oído hablar de él. Se trata de un cacharro pequeñico con auriculares, y dentro le puedes meter música hasta hartarte. Bueno, yo no puedo, pero alguien que sepa cómo sí. Se dice que tiene muchos kas, o gigas, o algo así. Así que taimadamente consigo que alguien más hábil que yo introduzca en mi aparato (no penséis mal, hablo de cables y botones) un montón de canciones y me dirijo a entrenar, a acumular metros de desnivel. No porque me haga falta, no, que a estas alturas ya sabemos todos que para ir al Himalaya no hace falta entrenar. Lo hago porque me gusta, como todo lo demás.

Tenía muchas dudas sobre qué tipo de música elegir. Bob Dylan sería por supuesto la primera opción, donde esté dios que se quiten los santos. Pero a dios ya lo tengo en cd´s, que no es precisamente el sitio más indicado para Él, pero es donde me quedé estancado tecnológicamente hablando. Así que no hay más remedio que meter a los santos, La Polla. Este es un grupo vasco, punk a su pesar, con el que me eduqué en los valores más importantes. Bueno, también fui a una Universidad del Opus, pero salí corriendo en cuanto pude, más o menos lo que me costó atarme las zapatillas. Me pongo a correr por el cuestón que hay encima de Gaintza, más de mil metros de desnivel, con un ojo en el pulsómetro y un oído en la rabia que vomita Evaristo, el cantante. La vida nos hizo así, no vengáis de tocagüevos, andaremos por aquí y después nos largaremos... Vaya, empezamos bien.

Poco a poco rompo a sudar. Los caballos, que también son vascos, me miran con cara rara, o por lo menos asustados. Me gustan estos bichos. También se asustan lo suyo un par de puristas con los que me cruzo. Por la cara de odio con la que me miran intuyo que debe estar prohibido andar deprisa por aquí, con bastones de esquí y zapatillas. Supongo que hubo otros tiempos en los que la gente saludaba y esas cosas. Cuando la muerte es mejor que la vida, salen las ratas de la alcantarilla, putos políticos del mundo entero, siempre a la orden del puto dinero...  no está mal, siempre optimista. Poco a poco el bosque va quedando atrás; no sé si son robles, acebos o hayas, ya que soy de ciudad y bastante torpe para esos menesteres, pero aún sin saber sus nombres los árboles me resguardan igual del sol que ya empieza a estar alto. Los árboles también me gustan. Tu futuro nunca llegará, tu futuro se autodestruirá, tu futuro nació muerto... En fin, puede que el punk haya muerto, pero afortunadamente para los creyentes Evaristo sigue vivo, en forma, ríete tú de Keith Richards.

¿No habéis estado nunca en la sierra de Aralar? Pues eso que os perdéis. Poco a poco voy llegando a la cima del Irumugarrieta, montaña menos complicada de lo que su propio nombre indica, un bellísimo paseo. Pero en mis orejas sigue la música: Manipula y manipula, la prensa basura... La opinión del pueblo tiene dueño. Mierda de prensa de mierda...¡¡Lee mis labios, me estás tocando los ovarios...!! Mientras descanso junto al buzón cimero y contemplo el paisaje, pienso en la prensa de montaña, en las nuevas páginas de internet que abundan por doquier. ¿Será posible que también haya basura entre ellas? La solución, o al menos mi opinión, en un mes.



Cerveza fría (Columna publicada en el número 25 de CampoBase)

Resulta a veces interesante echar una ojeada atrás, a nuestro propio pensamiento y circunstancias de hace algún tiempo. A veces se sorprende uno de la evolución personal y de la cantidad de cosas que cambian en el transcurso de unos pocos años. No es mi intención ejercer de abuelo batallitas, pero organizando papeles por casa, en medio del desbarajuste en el que se transforma la vida de los asiduos del Himalaya, encuentro una vieja entrevista en la que sin pudor y con bastante candor juvenil declaro que “me gustó la montaña desde el principio por su ausencia de reglas”.

Valiente pichón. ¿Ausencia de reglas? Ahora creo más bien que hay tantas y que el jaleo y la distorsión es tal que por fuerza ha de semejar inescrutable para cualquiera que lo contemple, desde dentro o desde fuera. Ninguna de las disciplinas de la montaña son lo que parecen aunque me gusten todas y cada una de ellas sin distinción. Permítanme ejercer por un rato de abogado del diablo. La escalada deportiva, que según dijo el gran Bridwell ni es escalada ni es deportiva, tiene tal berenjenal montado que como te descuides das positivo en el control antidoping. Punto rojo no es igual que punto rosa, flash no es lo mismo que a vista, hay 117 escalas diferentes de graduación,  aunque la misma escala se aplica diferente según y dónde. Y un niño de 12 años hace 8c, pero el nivel máximo mundial posible sigue siendo el 9a desde hace 15 años. Me lo expliquen. Los deportivos ya no escalan rocas, escalan grados. Apaga y vámonos a hacer Big-wall. Aquí, más de lo mismo. Te vas bien lejos, pero a tomar por saco de lejos me refiero, y te subes como sea a una tapia nueva. El porcentaje de fracasos en esta actividad ronda el uno por ciento, más o menos, y no se muere nadie ni de aburrimiento. Se cose a cuerdas fijas de abajo a arriba, y como nadie va a venir a repetir la vía porque es mejor y más fácil abrir otra pues se meten los taladros que se quieran. Si tiene pasos de 6a, entonces es A3, y si el libre sale de 6c entonces es A4. La regla más importante en no repetir los artificiales de Monserrat, que allí te ven.

El alpinismo... ¿qué es eso? Ahora se dice draitulin, que no te enteras. Ya puedes subir por el diedro amarillo del Vignemale solo y en invierno, que como no digas que lo que has hecho es M algo no te comes un rosco. Te pones espuelas, jinete, destrozas la roca tallando agujeros con la punta de un piolet que afortunadamente paga un sponsor, y ¡hala¡ a disfrutar de la aventura. Uy, perdón, retiro lo de las espuelas, que ahora hay una regla nueva que dice que no se pueden poner. En esquí-alpinismo la primera y única regla es que tienes que ser rico, con organizadores que cobran a 60 euros carreras que duran una hora y un par de botas que cuestan 600. Eso sí, te dan un plato de espaguetis, los primeros, y una magnífica caja de cartón para que te las lleves a casa, los segundos.

En el Himalaya, ¿por dónde empiezo? Messner quiere que nadie use teléfono. House que nadie toque una cuerda fija, y los rusos dicen que está bueno el vodka, gracias, mientras himalayistas héroes profesionales siguen escalando provistos de porteadores de altura... y todos mirando. ¿Ausencia de reglas? Aunque yo soy más de colacao, tendremos que volver sin remedio a los clásicos: “Anarquía y... cerveza fría”.



Con su permiso (Columna publicada en el número 26 de CampoBase)

Tengo un amigo que de vez en cuando se dirige a escalar en el Himalaya y se le olvidan “los papeles”. Él dice que tiene muy mala memoria. Y mi amigo no escala solamente seismiles o picos de trekking, no; él sube ochomiles, de los gordos. Pasa por Kathmandú o Islamabad y no se acuerda de hacer esa visitilla al ministerio de turismo correspondiente para pagar los 10.000 dólares USA de nada que cuesta el permiso para escalar en Nepal o los 5.000 del ala que cuesta la historia en las tierras del Islam. Mi amigo dice que su olvidadiza costumbre es resultante de sus numerosas visitas al mundo de la hipoxia extrema, ese que según los médicos te deja las neuronas como para alicatar el baño; brillantes, pulidas, pero carentes de alma y chicha.

El caso es que su héroe de la infancia era un austriaco que se llama Edi Koblmuller, y que, obviamente, con ese nombre no podía ser otra cosa que himalayista. Es un tipo que se hizo famoso por subirse al Cho Oyu de un modo discreto y barato. Bueno, la cosa sólo fue discreta hasta la vuelta a casa, cuando los periodistas, esos bichos, destaparon la jugada y se montó la que se montó. El gobierno de Nepal que amenaza con no dejar escalar a los austriacos en su país, la federación austriaca que le deshereda de por vida, y los gurús de la comunidad alpinística internacional que se lo querían comer a bocados.

¿También tú crees que los ochomiles son caros? Eso es que te han domado, finalmente. Quizás te han parado en demasiados controles de carretera y al final, como yo, les has cogido miedo a los uniformes, a los burócratas, a los empleados gubernamentales y a los encargados de que el mundo gire todo ordenado sin que nadie piense individual y libremente. O quizás demasiados funcionarios de hacienda te han hecho el tercer grado. Pero el caso es que al final has llegado a pensar que las cosas sólo se deben hacer desde dentro de todas esas cosas que las mentes bienpensantes y aborregadas gustan de enmarcar en, precisamente, magnos marcos; el famoso marco constitucional, el no menos famoso marco legal, el marco estatutario...

Porque mi amigo dice que los marcos éstos le oprimen. Y que, como es pobre, no puede colaborar con el gobierno corrupto de Nepal, que ha dado pie a que el país esté en guerra civil. También dice que para qué va a pagarle nada a Musharraf, el de Pakistán. ¿Para tenderle puentes a Bush y que éste bombardee a gusto? En el Tibet dice que tampoco quiere saber nada de los papeles chinos, y hace unos años se coló hasta la cocina en el Shisha Pangma. Sueña con ir de trekking al Baltoro, y dice que el K2 le parece un monte de trekking “precioso, de los más bonitos”. Y si acaso compra el permiso del K2, entonces piensa subir primero al Broad Peak, que es según su opinión “como una antecima del K2...”. 

Mi amigo quiere ser como los demás “sin papeles”: los franceses que escalaron por la sur del Annapurna, los polacos que treparon al Broad Peak, el coreano que subió el Cho Oyu, el otro francés que se encaramó al G1, los catalanes que se pasearon por la sur del Shisha, el iraní que visita todos los años el Cho Oyu... Mi amigo quiere volar alto sin pasar por los trámites que el hombre impone para ponerles precio a los sueños.
Creo que mi amigo sueña con mundos sin fronteras y sin burócratas. A mi me gustaría ser como él. Algún día.



El último vivac (Columna publicada en el número 27 de CampoBase)

En la página web de mi proyecto de terminar los catorce ochomiles antes de que ellos lo hagan conmigo (www.navarra8000.com), existe una sección llamada “chat”, en la que cualquiera que se lo proponga puede preguntarme lo que sea, por las buenas o a traición, a bocajarro o dulcemente. Y así yo, desde el Campo Base de cualquier-sitio-bien-alto respondo a lo que sea, a ser posible con la mayor presteza. Sólo rehusé en una ocasión responder una pregunta, de alguien que firmaba con nombre de chica y me preguntaba por qué “cambias tan a menudo de novia”. Así me gusta, mujer, diplomática y sutil. No te voy a responder tampoco hoy, pero al menos te voy a contar una historia. Para matar el nervio, no por lavar trapos sucios, no.  

Ella tenía pasaporte suizo, los cabellos rubios, y los ojos de un azul tan profundo y tan intenso que casi parecía triste, de una melancolía y una belleza a duras penas matizada por esa luz que no cesa de partirte el alma a navajazos una vez que alcanzas la parte superior del Baltoro, en Pakistán. Allí nos conocimos y allí nos enamoramos, se lo juro señor juez. Y no sé ya cuanto hacía, por lo menos... Me dijo que yo era el hombre de su vida y yo no me lo creí del todo, porque ya soy demasiado perro como para eso. Pero me regaló un bonito anillo que yo lucía con el orgullo de quién no tiene nada que perder. Pronto me fui a vivir a su casa, y no tardaron las cosas en torcerse. En cuanto mencionaba mis anhelos de Himalaya, pronto estábamos envueltos en otra discusión. Con el tiempo, no mucho, descubrí que nuestra belleza como pareja parecía acabarse en cuanto sacabas el piolet y rascabas un poco. Éramos superficiales, acomplejados, manipuladores y, como decimos en el norte, “sin sustancia”. Quizás es bien cierto que uno acaba siendo igual a aquello a lo que se opone, igual que aquél con quién uno se pelea.

Pronto comenzó el juego del tira y afloja. Ese juego en el que nadie afloja y todos tiran, y no importa cuantos kilos aguante la cuerda, al final ésta salta hecha añicos. “Cuando te retires de los ochomiles, podríamos tener una casita en las montañas”. “Al final, siempre podrás hacer un trekking o una pequeña expedición al año”. Me lo decía con dulzura y la mejor intención. En mi infinita estupidez, me até bien fuerte las zapatillas y salí corriendo. El último vivac lo piqué en el aeropuerto de Zurich la noche de reyes, tumbadito en un sofá. Sólo estábamos un tipo con turbante, otro con pinta de exiliado albano-kosovar y yo. Los suizos serán lo que ustedes quieran, desde luego, pero lo que no son es gilipollas. A las doce de la noche desenchufan la calefacción, que gasta, y una rasca difícil de describir con meras palabras comienza a recorrer las instalaciones. En la norte del Kanchenjunga he pasado bastante menos frío. El albano-kosovar resultó ser rumano. El del turbante sólo miraba, con ojos de hambre.

Así que, amiga del “chat”, hagámosle un monumento al cinismo nihilista y digamos que no soy yo el que cambia a menudo de novia. Son ellas las que me cambian a mí. Mi chica suiza debiera quizás haber estudiado sánscrito, y haber aprendido el viejo proverbio que reza “ni cien edades de los dioses serían suficientes para describir las bellezas de los Himalayas”. Pero, aún y todo, la echo de menos cada noche, a mi lado. Y que le den por culo al sánscrito.



Querida madre (Columna publicada en el número 28 de CampoBase)

Arriba hacía viento. Yo tenía mucho frío, bien repartido; en las manos, en los pies, en la nariz y en las orejas. Se veía bonito el mundo, mami, desde allí arriba. Las montañas del Tibet, algunas nevadas y otras ocres, parecían pintadas en un cuadro. El cielo tenía un color azul oscuro, porque allá arriba ya casi no hay oxígeno y además también podíamos ver la curvatura de la Tierra, o al menos nos la imaginábamos bastante bien. Este Manaslu que tan buena paliza nos ha dado no es una difícil, pero tiene su peligro, y bastante mal carácter. La cima es una arista afilada de nieve que acaba en un torreón de roca, pero antes hay otras tres antecimas que te vuelven un poco loco, haciendote concebir esperanzas de que vas a dejar de sufrir. Como siempre, la montaña última es la buena. Ahora, de vuelta en el campo base, estoy muy contento, claro, y me gustaría mandaros a través de los vientos de Asia muchos recuerdos y besos, a ti y al padre. Me disculparás que allí en la cumbre pensara un poco más en mi Corinne que en vosotros, ya sabes que los hijos somos algo injustos...

Arriba nada había que yo pudiera hacer o decir. Una amplia sonrisa iluminaba mi rostro, y permanecí mudo e inmóvil mientras contemplaba la belleza infinita, en estado puro, que me rodeaba. Por un instante creí que me había vuelto transparente, creí que ya no estaba allí. Entonces me sobró todo y ya no necesité razones. Miré a los Annapurnas y al Dhaulagiri, y pensé por un momento que quizás las montañas sean mi penitencia, que quizás sólo pueda cicatrizar mis heridas cuando las haya recorrido todas, una por una. Pero tú no te preocupes, ya sabes que siempre pongo cuidado en lo que hago.

Jorge Egocheaga, mi increíble y fortísimo amigo asturiano y yo tuvímos la feliz idea de ser los primeros en subir al Manaslu deprisa. Habíamos salido sólo 28 horas antes de pisar la cima, con toda la ilusión del mundo, desde nuestro pequeño e incómodo campo base. El tiempo era bueno, por fín. Se nos unió, como hace un par de años en el K2, el rumano Horia Colibasanu, otro que tampoco anda mal, y decidimos utilizar ese estilo express que ya sabes que me gusta, y que nos permitió volver al campo base el mismo día de cumbre por la noche. Muy cansados, con tos, con dolores por todos los lados. Sin un gramo de gasolina en el depósito, y muy flaquitos, pero con el alma plena, de recuerdos y de nuevas energías. Me hubiera gustado que estuvieras allí, para cuidarme, aunque Mingma Dorji y los demás se esmeran lo suyo. 

Es un bicho grande y malo el Manaslu, mamá, cuando se es un profesional del Himalaya (lo que sea que esto sea).  Pero esos valles profundos que bajan desde los Himalayas hacia el sur, y que yo contemplé desde la cumbre, han dejado huellas igualmente insondables en mi alma. Y tú ya sabes, mamá, que el modo como afronto cada uno de mis días determina como me enfrento con mi vida. Así que sólo espero que mi camino esté lleno de amigos como Jorge, Denis y Horia, y que haya muchas montañas como el Manaslu esperándome a su vez para sacudirme una buena paliza. Mientras tanto, tienes que saber que te quiero, lo mismo que al padre, y que cuando ando por allí arriba siempre os llevo donde más calor hace, cerca del corazón. Volveré pronto, tu hijo Iñaki.

Ps, Me gustaría dedicar esta ascensión a mi tío Jose María Ochoa de Olza Sanz, que nos dejó hace nos meses. Era muy buen tío.



Vive y deja morir (Columna publicada en el número 29 de CampoBase)

Está la cosa que arde. Resulta que esta pasada primavera hay cerca de 500 tipos  (y tipas) que aseguran que han subido al Everest, con las escafandras de astronauta, los sherpas, las cuerdas y todo eso que Messner llama con  razón “alpinismo en pista” (y que a veces yo también he practicado, ojo. Pura vida no, pura necesidad, y bastante entretenido aunque ni remotamente parecido al original, por otra parte). Bueno, pues sucede que en uno de los días de cumbre, en la vertiente norte, una fila de más de 40 escaladores pasó al lado de un hombre que estaba tirado en el suelo y que hacía gestos pidiendo ayuda después de pasar una noche al raso. Le miraron de pasada y siguieron hacia la cumbre, aunque alguno se acercó a ver que pinta tenía la cosa. Las razones literales esgrimidas a posteriori para abandonarlo allí arriba, a más de 8.600 metros, son de escaso peso;  “casi está muerto y apenas responde”, “no tiene oxígeno ni guantes”, “es parte de una expedición comercial de bajo coste”, “no tiene experiencia”... te cagas, con perdón.

Y lo digo porque después en Kathmandú un sherpa presente el día de autos me explica apesadumbrado los detalles; 6 horas después, en el colectivo descenso de la cumbre, el hombre (que resultó ser un británico llamado David Sharp) todavía está vivo y sigue en el mismo sitio, todavía bebe de una cantimplora y todavía habla aunque se ha deteriorado, obviamente. Y aún así todos para abajo que se está haciendo tarde, se ha movido aire y hace fresco y además hay que colgar las fotos de nuestro increíble éxito en internet. Y el hombre murió allí arriba, solo. A mi amigo sherpa su jefe le ordenó seguir para abajo, y los turistas disfrazados de alpinistas ni siquiera se pararon a ver. Cada uno de los escaladores que pasaron por delante del tal David, y esos que desde el campo base ordenaron el abandono, tendrá que responder ante su propia conciencia. Aunque sé de sobra que algunos de ellos la tienen de cemento armado y a estas alturas del partido hacen los regates para huir de ella, de la conciencia digo, mejor que Ronhaldinho burla al balón. 

Pero no nos engañemos, ni hipócritamente escandalicemos. No hay que irse hasta Asia para ver lo mismo. Basta con mirar a nuestro alrededor, sin siquiera salir de nuestras ciudades tan seguras y confortables. ¿No conocemos todos a alguien que necesita nuestro amor, nuestra ayuda, nuestra compasión o meramente nuestro dinero y sin embargo no lo recibe? A estos necesitados ¿no les vemos a diario, sea en la calle o en nuestra propia casa? ¿Existe de verdad un concepto generalizado de solidaridad? Más bien lo contrario, me parece a mí. Los alpinistas sólo somos humanos. Nada de seres de otra pasta o tocados por la mano de Dios. Hay unos pocos que son grandes y  muchos que no pasan de gusanos.

Por eso no tiene razón Hillary cuando dice “Esto en mis tiempos no pasaba”  (Por otra parte, esa misma frase es todo lo que este hombre parece saber decir. Podía por una vez callarse, o al menos cambiar de discurso). Creo que entonces pasaba tanto como ahora, tanto como siempre.Y siempre será injustificable, y siempre me hará perder otro poco de la escasa fe que nos va quedando. David Sharp murió porque no sabía dónde se metía, ni con quién. Murió porque estaba rodeado de cobardes y de ningún consuelo le sirve pensar que así es como somos la mayoría de nosotros.



La prostituta (Columna publicada en el número 30 de CampoBase)

Los periodistas, ya se sabe. Qué bichos. Sucedió hace muchos años que uno de ellos, que se debía encontrar especialmente inspirado, le preguntó al gran Reinhold Messner la razón por la que sus expediciones no eran patrocinadas nunca ni en mucho ni en nada  por el gobierno de su región de Italia, el Tirol del Sur. Me puedo imaginar perfectamente los pelos de la barba del colérico alpinista echando chispas, y sus ojos centelleantes de la rabia que para sí quisiera un dragón tibetano, cuando con cierta e inhabitual diplomacia le respondió que “preferiría estar patrocinado por una prostituta”. Digo que con cierta diplomacia porqué creo que a lo que Messner se refería era a una puta.

Afortunadamente para mi persona, al menos en la Navarra donde nací y donde a veces vivo, han pasado ya hace tiempo los años en los que el gobierno local se estiraba lo suficiente, a regañadientes, para que los alpinistas pudieran salir a escalar en el Himalaya portando banderas y estandartes, ansiosos de pagar una deuda contraída por todos por el mero hecho de ser pobres. Según los expertos, que para eso tienen el título de expertos, la situación económica, y todas esas vainas que salen en la parte de los periódicos que nunca leo, ha mejorado mucho en los últimos 20 años. (Creo que los expertos no viajan mucho por Africa o Asia...) Así que, sí, existen empresas y compañías suficientes como para que alguien que se lo plantee con seriedad y profesionalidad, o alguien que tenga un cierto talento en algo, aunque sea vender humo, o un pelín de suerte, o simplemente buenos contactos, pueda dedicarse a la montaña como profesional. A sobrevivir de ella, me refiero, no a hacerse millonario, pero siempre dependiendo de esas empresas privadas. Y soy, como Messner, uno de los que piensa que el dinero público ha de ser para otros menesteres, no me pregunten cuáles.

Por eso se me erizaron uno por uno todos los pelos del cuerpo cuando leí, en el pasado número de CampoBase y publicado por error, que yo era un alpinista (de “prestigio internacional”, decía el cachondo del redactor...) patrocinado por Lorpen, Diario de Navarra y Diputación de Navarra. Y esto último, no. A Lorpen y a Diario de Navarra les estaré eternamente agradecido por apoyarme, por estar ahí a las duras y a las maduras, por pagarme los costes de mis numerosas expediciones,  por impulsarme a escribir, hacer fotos, probar material y dar conferencias en su nombre. Pero el Gobierno de Navarra nunca me ha patrocinado, ni nunca lo hará.

Tengo grandísimos amigos esponsorizados por sus gobiernos regionales, y observamos nuestras diferentes actitudes desde la tolerancia. Maneras de vivir. Me parece perfecto que lleven el nombre de su región cosido por la pechera, y con orgullo, si quieren. Pero yo, no. La política es una actividad tan podrida que no quiero verme mezclado con ella ni de lejos. Quizás algún futuro día, si hay éxitos grandísimos que celebrar y más aún si llegan pronto las eleciones, los señores políticos me llamen a palacio para salir en la foto. Es su trabajo, les pagan por ello. Y yo iré porque es el mío, y tendré que buscar por el armario unos pantalones vaqueros que me regaló Edurne Pasaban para no ir a la boda de Mikel Zabalza “hecho un gitano” y ponérmelos, e incluso una camisa, quizás. Es lo que tiene lo de ser un profesional como la copa de un pino.


Los Alpes basura (Columna publicada en el número 31 de CampoBase)

Conforme llegas a Zermatt –andando, en mi caso–, se te va cayendo el alma a los pies, y eso porque no encuentra un lugar más bajo donde suicidarse. Los trenes suizos vomitan cantidades ingentes de gentes de todo pelaje ansiosas de disfrutar finalmente del aire puro, la tranquilidad y la soledad de las cumbres. En muchos de sus ojos se puede ver el cáncer de la vida moderna y tecnológica, esa vida urbana que hace infeliz y torna hastiado al hombre sin que éste ni siquiera se percate de ello. Cuesta media hora atravesar el pequeño pueblo, y hay que pedir treinta veces disculpas por golpear a la gente. Madres histéricas corren tras niños hiperactivos mientras padres cansados miran, agotada ya la energía. En un rato todos parecen haber olvidado donde están y vuelven a odiarse con familiar cotidianeidad.

Subo hacia el refugio de Hörnli a buen paso, alucinado todavía por el baño de masas vivido. Mis sorpresas no han acabado. El camino se dirige hacia un contrafuerte rocoso. Pronto aparecen cadenas, escaleras metálicas, vigas que perforan la roca, pasarelas, sogas fijadas en el suelo... Kilos y kilos de basura para acercar la montaña a seres no aptos para ella. Al próximo que me eche en cara algo respecto a las cuerdas fijas del Himalaya le parto la crisma, pienso. En el refugio, lo único que me gusta son los ojos y la sonrisa de la chica que me pide el carnet y me explica dónde debo dormir. Sonrío y evito decirle dónde me gustaría hacerlo realmente. A la hora de desayunar, un tipo se sienta a mi lado y me dice: “¿Eres mi guía?”. Al poco, su guía aparece y le ata la cuerda al arnés mientras come. Ni siquiera le pregunta el nombre y, sin dejarle terminar, comienzan a andar. Un rato después, arriba en la arista, 150 personas se pe-lean, gritan, tiran piedras e insultan mientras sus cuerdas se cruzan y enredan. Eso sí, casi todos vuelven a casa con el Cervino en el bolsillo. Los helicópteros revolotean alrededor, esperando clientela, supongo. Escapo de este valle en cuanto puedo.

Unos días después, en Chamonix, soy el único alpinista que baja en un teleférico atiborrado de turistas, como sardinas en lata. Hace rato que alguien me magrea con soltura aprovechando la situación. Cuando me giro para protestar veo que es una señora de al menos 100 kilos, lituana según me enteraré pronto, hermosa y sonriente. Me callo –si la cosa se pone chunga, tengo las de perder, seguro–. Estoy por echarme a llorar, atrapado sin remedio otra vez en la masa. Para romper el hielo, me pregunta “¿Eres alpinista profesional?”. No, Dios me libre. Y, para despedirse, me dice: “¿Has escalado el Everest? Porque ese es el más alto, ¿no?”.

Mientras me dirijo a mi coche, con la débil esperanza de encontrarlo, ya que está aparcado en un sitio gratuito, e ilegal, me invade una tibia melancolía. Añoro las nieves eternas y la vida salvaje de los Himalayas. Echo de menos a Denis, a Jorge y a muchos otros; extraño el viento helado y la nieve profunda. Sé que no habrá refugios, marcas en los caminos, cadenas, sirgas, chapas, helicópteros... Sé que si me siento en la nieve allá arriba y me quedo un rato más de lo que debo, me muero. Sé también que las montañas de aquí abajo las hemos perdido, para siempre. Algún canalla las ha vendido.

¿Alguien se pregunta por qué soy un hombre feliz al volver a mi  Himalaya otra vez?



Freddie (Columna publicada en el número 32 de CampoBase)

Durante unos pocos días cada año, en el mes de julio, mi pequeña y siempre añorada Pamplona se convierte en un descomunal estercolero, la válvula de escape que hace que miles de personas liberen la tensión y la represión acumuladas durante todo un año de eso tan tenebroso que se llama vida normal. La mierda se acumula por doquier, a pesar de que se limpia a conciencia día y noche. Me doy un paseo curioso, yo que normalmente huyo de las multitudes tanto como de la burocracia o la guardia civil, esquivando al unísono los cristales del suelo y los bandazos que prodigan con esmero gentes diversas con la sangre plagada de alcohol. Entonces mis ojos se fijan en él. Lo primero que me llama la atención son sus guantes de goma, que mueven con evidente vigor la silla de ruedas en la que, supongo, pasa los días. Camina a su lado una chica en la que no me fijo, envuelto en la compasión exenta de pena que la escena me provoca. Ascienden ambos charlando por la calle Chapitela, en el corazón del casco antiguo, a buen paso y sin asomo de encontrase fuera de lugar. Se oye música al fondo, es tiempo de fiesta.

Desvío la mirada sin prisa y sigo a lo mío, presa de una cierta desazón pero consciente al mismo tiempo, pensando en la fortuna nunca suficientemente apercibida de poder respirar, andar, escalar, vivir, al menos, en cierta libertad. De repente alguien me toca levemente por detrás y me dice: “Oye, perdona, ¿eres Iñaki?” Es él, sonriente desde su forzada posición. Es simpático, amable y su voz transmite algo parecido al optimismo; difícil de entender si se piensa en su situación. Me explica con fluidez que le gusta mucho la montaña, y que sigue mis escaladas y las de mi amigo Mikel Zabalza con admiración. Después me dice algo que me deja pasmado. Resulta que tanto Mikel como yo, precisamente, participamos como instructores en un cursillo de escalada hace muchos años, en el Vignemale, en el que él iba de alumno. Una vez más paso vergüenza y me disculpo como siempre, achacando mi mala memoria a la exposición prolongada a grandes altitudes. Por decir algo, no vaya a ser que lo que suceda en realidad es que nos estamos haciendo viejos.

Él sonríe nuevamente y me disculpa; no hay problema. Le pregunto por lo sucedido y me cuenta que fue un accidente de coche, en el que lo normal es que se hubiera matado, según dice. Completamente atontado, reacciono a tiempo antes de que se vaya y consigo preguntarle su nombre. “Freddie”, exclama, extendiendo la mano enguantada. Me quedo inmóvil por un instante, todo mi ser conmovido por el contacto de este hombre joven que lucha y vive, que sufre y ama. Ni siquiera sé, pienso después de un rato, cómo se escribe su nombre, aunque me puedo imaginar que Freddie me disculparía de nuevo si no es como yo lo he hecho…

De modo Freddie, hermano, que estás equivocado por esta vez. No eres tú el que debe admirarme a mí por nada. Bien al contrario, has de saber que soy yo el que se descubre ante tu fuerza, tu valentía y tu coraje. Ni siquiera sé si tu situación es reversible o no, desde cuándo dura, o qué cabe esperar. Pero ten claro que gente como tú me inspira, me conmueve y me ilumina. Gracias por saludar, y recibe un fuerte abrazo de un amigo y admirador.  



El patriota (Columna publicada en el número 34 de CampoBase)

Yo no lo haría ni harto de cazalla, pero me parece bien que cada cual actúe como le plazca. Hablo de quienes visitan otros países, otras culturas u otras montañas y lo primero que hacen nada más aterrizar o llegar adonde sea, tanto mejor si es la cima, es sacar la bandera. Debiera decir quizás LA BANDERA, porque siempre es el trapo en cuestión uno digno de mayúsculas, alabanzas y lugares destacados. Y me refiero, que conste, a todas las banderas de todas las patrias. Y también a las diferentes religiones, o incluso hasta equipos de fútbol. Yo, por mi parte, la próxima vez que suba un ochomil, si llega a suceder, voy a sacar un póster de Elle McPherson, lo único que amo de verdad. El póster, digo. He sido educado, por mi gente y por mis viajes, en la tolerancia de verdad, que es esa que te hace intentar comprender al que es diferente sin pensar que eres mejor que él, sin creer que ese otro está equivocado, ni mucho menos intentar cambiarle o reducirle a pensar como tú. Así que, cuando me cruzo en mi camino con uno de estos banderófilos recalcitrantes no puedo sino sonreír, entre divertido y curioso, ante la biodiversidad que me rodea.

Tenía yo un amigo bastante joven, que ya no es mi amigo, que se pasó algunas expediciones contándome hasta la saciedad que su país, que yo conozco bien, era y es una tierra ocupada por un ejército extranjero. Bueno, suele pasar, pensaba yo. Las flores huelen, los pájaros vuelan y los ejércitos invaden. Aparte de no ir a la mili, qué le vamos a hacer. Su pasaporte, me decía, era exactamente del país que él más odiaba. Si yo me ponía una camiseta o unas zapatillas del color de la bandera del país aborrecido mi ex amigo me lo recordaba agriamente. Tampoco entendía yo muy bien el porqué del odio de mi ex amigo hacia ese país, ya que sus padres procedían exactamente de allí, del sur más concretamente. Pero bueno, cosas más raras se han visto.

El caso es que un buen día, en una expedición en la que estábamos unos cuantos, incluido el antiguo colega, oí un tumulto en la tienda comedor. El problema que originó la bronca era que este patriota se había traído desde casa una bandera del país enemigo con la sana intención, según él, de quemarla al llegar a la cumbre de la montaña que intentábamos, a más de 8.000 metros. Creo que, además de patriota, o bien no era el más listo o no había ido a clase el día que explicaron lo del oxígeno y la combustión. Al final le convencieron de que desistiera en su intento, explicándole que había muchos escaladores del país enemigo por allí, que mejor dejar los trapos de los demás en paz… y cosas de ese estilo. El asunto se quedó, como suele suceder con las revoluciones, en agua de borrajas. Tiene que ser cansado, además, lo de pasarse el día odiando.

Por todo ello, yo no pude más que descojonarme, permítaseme la expresión, cuando apenas seis meses después vi su foto en uno de los periódicos principales del país en cuestión. El patriota se iba de expedición, un par de kilos por delante, a un monte bastante grande acompañando a un grupo de élite del Ejército del país ocupador, trabajando como cámara para la televisión pública del mismo Estado. No digo yo que hiciera mal. Yo mismo, cualquier día de estos abandono en la cuneta mis convicciones y el póster de Elle y cuelgo en mi cocina uno de Scarlett Johansson. Y sin que me paguen.



Mister Proper (Columna publicada en el número 35 de CampoBase)

Anda que no nieva con ganas en el campo base del monte este! Y lo lleva haciendo desde hace quince días, exactamente todo el tiempo que llevamos acampados aquí, al modo heróico de los ingleses en la Antártida. Obviamente, un grueso manto lo cubre todo, y no hay relieves que se distingan. Sólo nieve y más nieve. Más de dos metros y medio, sumando todo lo que ha caído un día tras otro. Y además no tiene ninguna pinta de parar. Nosotros nos conformamos con no matarnos mucho, lo de subir a la cima pertenece a una realidad que no es la nuestra.

Entonces aparece él, en persona; el auténtico y verdadero Mister Proper. Bueno, no sólo llega él, también vienen otros siete de su misma nacionalidad, un lejano país asiático donde nace el sol cada día. Por supuesto, les acompaña una hermosa banda de sherpas, alrededor de quince. Mister Proper, que además resulta ser un tío majísimo, lleva años empeñado en limpiar el Himalaya. Ya lo hizo en el Everest, y ahora le toca al Manaslu. Y le va de maravilla, con generosos patrocinadores que pagan los gastos de la escalada y de la supuesta limpieza. El asunto es sencillo, pero inteligente. Primero, uno utiliza a los medios de comunicación para asegurar que el Himalaya está lleno de mierda y que los himalayistas son unos cochinos asquerosos. Después se organiza una expedición,  pesada y absolutamente tradicional, y se la denomina “de limpieza”. En último término, se dirige uno a la montaña en cuestión, se le meten 3.000 metros de cuerda fija y, si se puede, se sube uno a la cumbre usando oxígeno en botellas, lo que debe ser el colmo absoluto en una expedición tan ecológica... Eso sí, durante un par de días de descanso en el base, del mes y pico que dura la historia, uno ha de darse una vuelta por los alrededores con una bolsa de basura y un palo, cara de susto y muchos fotógrafos. A los sherpas se les encarga además que, si no es mucho pedir, se bajen restos de por arriba, si se encuentran.

Y esa es la clave, ¿qué basura van a encontrar éstos por aquí? Nada. Todo lo que haya, si lo hay, se encuentra enterrado varios metros bajo nieve. Y de cualquier modo, aunque hubiera basura y estuviera a la vista, nunca conseguirán demostrar cuánto contamina, aparte de visualmente, una vieja botella de oxígeno abandonada o los restos de una tienda destrozada por el aire. La basura de verdad está aquí, en Occidente, a nuestro alrededor, y tiene más que ver con las empresas multinacionales que contaminan y vierten sin control, o pagando multas ridículas. También necesitaría una buena limpieza el hecho de que cada uno de nosotros coja el coche para todo y conduzca a mil por hora. Y mejor no me pongo a hablar del modo como expoliamos nuestras montañas para vender casitas y nevados paraísos terrenales, a pagar en cómodas hipotecas de cuarenta añitos de nada.

A mí no me engañan. Para las expediciones de limpieza, de lo que se trata es de subir a la cumbre, y la única limpieza se produce en los bolsillos de los patrocinadores. Aún así, Mister Proper me pareció un buen tío, y bastante ingenuo, pero otros de su especie son unos caraduras profesionales. Una vez más me descubro ante la creatividad de algunos, y constato nuevamente que la jeta humana no conoce límites. Se nos va acabando eso de la fe.



Es sólo una canción (Columna publicada en el número 36 de CampoBase)

Clac, clac, clac”... El sonido metálico del arma con la que este tipo me apunta mientras juguetea me pone muy nervioso. No sé bien por qué lo hace, yo no le he hecho nada. El elemento en cuestión, de profesión chulopiscinas, hace ya un rato que se pavonea vestido de un verde reglamentario y nada desconocido. Se oculta detrás de un pasamontañas, pero no hace frío y yo me imagino que no es por timidez. Me han hecho salir del coche en el peaje de una autopista cualquiera, un día cualquiera, y me han pedido sin asomo de gentileza que no me mueva ni un palmo. El fulano hace sonar su escopeta, o como se llame, poniendo atención en que el fusco siempre apunte en mi dirección. La gente armada es una de las pocas cosas que despierta en mí el miedo más irracional y cerval, el pavor más puro y profundo. Un hombre armado siempre se cree poseedor de la razón, inevitablemente, y siempre piensa que quien está al otro lado del cañón es un pobre diablo, o un hijo de puta. En este caso, además, el pobre diablo es quien paga con sus impuestos el sueldo de quien le apunta, en lo que debe ser el colmo. La gente pasa y mira, compasiva, sorprendida o incluso burlona. Detrás de mí entran enfiladas al control un par de furgonetas cargadas de guipuzcoanos, de esos que llevan pendientes, patillas y el pelo más largo por la nuca. Ufff, peligrosísimos...

Me pregunto cuál es mi delito, qué he hecho para merecer estar aquí parado 25 minutos. ¿Parecer más joven de lo que soy? ¿Es mi pelo demasiado largo? ¿Me van a detener porque jamás he votado en unas elecciones? Registran mi maletero, pero sólo encuentran mi ordenador, mi proyector y los posters que dentro de un rato estaré firmando, pues me dirijo a dar una conferencia. Buscan por el coche y se interesan por mis viejas casettes, me imagino que pronto será ilegal escuchar a La Polla mientras conduces.

Tres horas después la gente aplaude agradecida tras mi charla, que ha durado casi una hora. Les he hablado de lo mucho que he aprendido bajo los cielos de Asia, de la vida de un chaval que se va haciendo viejo pero que sigue siendo nómada, de mi amor por unas montañas y unas gentes diferentes. Mientras yo disertaba, una música suave sonaba de fondo. Hoy están tímidos y les cuesta empezar con el coloquio, pero una señora se arranca y me asegura, desde la tercera fila, que tiene una crítica que realizar. Adelante, le digo con una sonrisa. Me gusta cuando me dan coba, como a cualquiera, pero hay que estar a las duras y a las maduras. “¿Por qué has puesto la primera canción en vasco?”. Glups, se me hiela la sonrisa rápidamente. ¡Cuidado que hay curva! Le explico que es sólo una canción de amor, que me gusta aunque no la entiendo del todo. También le cuento que, además de la canción en vasco, después había una docena de ellas en inglés, castellano y tibetano, y que no entiendo por qué sólo la que era en vasco le ha molestado. Nada hace efecto, y la señora no se rinde con facilidad. “Ya, pero tú eres navarro...”. Me voy hacia la mesa de mezclas, ya que la música de fondo sigue sonando La apago. No vaya a ser que suene de repente otra en vasco y la liemos, les explico.

Conduzco hacia casa presa de la desazón, casi de una cierta tristeza. Me parece que en esta tierra faltan mil años para la paz. Esta vez, al menos, nadie impide mi paso a golpe de fusil.


El carnudo (Columna publicada en el número 37 de CampoBase)

Está de moda lo del revisionismo histórico —vaya palabrota—. ¿De qué se trata el invento? Pues definido de modo ligero, lo suyo parece ser escribir un libro (se supone que después de investigar concienzudamente los hechos) en el que se defienda la explosiva teoría que venga al caso, con el denominador común de que en tales libros se pretende demostrar que la historia oficial escrita de las conquistas de las grandes cimas de la tierra era y es, como los Reyes Magos, mentira cochina. Nada nuevo, todos salvo cuatro cándidos sabemos la verdad verdadera. Así, por ejemplo, un tal David Roberts publicó hace ya unos años un libro titulado True Summit en el que sostiene que Maurice Herzog, el héroe francés del Annapurna, no era en realidad tal héroe, sino más bien un fulano más oscuro que la capa de Batman, que manipuló a conciencia los diarios de expedición de sus compañeros y moldeó la realidad a su antojo. Como si no estuviera más claro que el agua, viendo la brillante carrera política que el pájaro ha desarrollado después, y comprobando que además es miembro destacado de una de las mayores mafias del mundo, el Comité Olímpico Internacional. 

Otro periodista, llamado Richard Sale, ha reescrito la historia de la primera ascensión al Broad Peak. Resulta que la cosa no fue ningún éxito de convivencia, precisamente. Además, los que cardaron la lana y llevaron el peso de la escalada, Schmuck y Wintersteller, no fueron quienes ganaron la fama. Ésta, bien al contrario, recayó en Hermann Buhl y Kurt Diemberger. Pero basta leer un libro precioso pero falso como Judas escrito por éste último, El nudo infinito, para darse cuenta de la cruda realidad. En tal escrito, Kurt Diemberger asegura que la culpa de la tragedia de 1.986 en el K2 fue del cha-cha-cha, del gobierno o de la sociedad. De cualquiera menos suya, claro.    

El caso más cachondo e increíble es el de un señor que se llama Max von Kienlin, alemán y como su propio nombre indica, noble. El señor Von Kienlin fue compañero de los hermanos Günther y Reinhold Messner en la pared sur del Nanga Parbat, en 1.970. Compañero hasta el campo base, se entiende, puesto que luego la pared y la cima se la curraron los dos hermanos, mientras una docena de heróes germánicos miraban. Nadie volvería a subir por esa pared hasta 35 años después. Los Messner lo arriesgaron todo en la bajada por la vertiente opuesta y el menor, Günther, murió sepultado por una avalancha cuando ya casi habían escapado. Reinhold  firmó allí el primero de dieciocho ochomiles y el comienzo de su leyenda. El tal Von Kienlin defiende en su libro, ahora retirado por orden de un juez, la peregrina teoría de que Messner decidió bajar por la otra vertiente cegado por la ambición alpinistica, monetaria y de reconocimiento, y que abandonó a su hermano Günther a propósito. Cualquiera que haya subido al Nanga, o cualquiera que tenga un hermano y un corazón, sabe que esto es imposible. ¿Qué sucedió de verdad? Pues lo cierto es que la mujer de  Max von Kienlin, de nombre Úrsula Demeter —joder, ¡qué apellido!—, se largó con Messner después de la expedición, e incluso se casó con él. Ay Señor, a ver si va a resultar que los alemanes también fornican...

Qué le vamos a hacer Max, no se lo tome usted tan a pecho. Además recuerde que eso se lava, llegado el caso. Y recuerde que de cualquier forma, los cuernos sólo duelen al salir. Después adornan un huevo.



¿Cómo están ustedes? (Columna publicada en el número 38 de CampoBase)

Estarán ustedes por una vez de acuerdo conmigo: vaya mierda de invierno éste que acabamos de pasar. Un invierno así, ni merece tal nombre. Calor y cumbres peladas han sido el pan nuestro de cuatro meses, y ha habido que echarle imaginación y ganas para  siquiera pensar en esquiar o escalar en hielo. Los meses así pasan lentos pero, llegado abril, algunos de nosotros podremos partir de nuevo hacia el Himalaya, suerte nunca suficientemente agradecida. Al igual que en las últimas primaveras, más de 700 personas plantarán sus tiendas debajo de ambas caras del Chomolungma, también llamado Everest, con la, en principio, sana intención de encaramarse hasta lo más alto y bajar para contarlo, o incluso contarlo mientras tanto, al menos a las dos docenas de amiguetes y familiares que les sigan, en el mejor de los casos. Y no seré yo quién les critique, a ninguno de ellos, la finalidad o intención, ni el empeño o motivación. Pero, como pronto veremos, algunos se merecen todo mi desdén o incluso hasta mi desprecio por la manera en la que tratan a una montaña que es sagrada para quienes viven debajo de ella y que se merecería mucho más de lo que se le entrega a cambio del éxito, desde cualquier punto de vista. Chomolungma quiere decir la Diosa Madre de la Tierra.

Este Everest conoce al menos una docena de escaladas destacadas, desde la de Unsoeld y Horbein por la arista oeste, la más infravalorada de la historia, hasta las de los australianos por el corredor Norton o los anglosajones por la cara este, entre otros. Aún así, sus laderas sólo han visto dos ascensos limpios en casi 100 años de historia: el inigualable solo de Messner en agosto de 1980 y la subida en plan exprés de Loretan y Troillet en el mismo mes de 1986,  ambos sin oxígeno, cuerdas o sherpas, que es, dicho sea de paso, como se define el juego limpio a 8.000 metros. Ambas escaladas son el mejor ejemplo de funambulismo sin red, de alpinismo trasladado a la categoría de arte. Por esa búsqueda artística tiene mucho más mérito intentarlo y fallar limpiamente, como Iñurrategi, Vallejo y Latorre el año pasado, que subirlo de cualquier modo. 

Así que acojona muchísimo observar el desfile anual de esperpénticos payasos empeñados en lograr sus 15 minutos de fama a base de dejar que los sherpas les hagan todo el trabajo, agarrándose a miles de metros de cuerda fija hasta con los dientes mientras chupan más oxígeno que Jacques Cousteau. Uno creía haberlo visto todo, pero el último en llegar y llamar a la puerta causa espanto. Se trata de un auténtico necio, holandés por más señas, cuyo nombre callaré para no manchar estas páginas. El tipo pretende subir a la montaña más alta del mundo en pantalón corto, para probar no sé que teorías del “fuego interior”. ¡Haznos un favor a todos y deja al Everest en paz!

La responsabilidad es en parte de los medios, que debieran asegurarse que los 15 minutos correspondientes a elementos así se reduzcan a cero, y en parte de todos nosotros, que no debiéramos tolerar que se viole de tal modo a ese montón de hielo y piedras que tanto amamos. El Everest se convertirá, si lo permitimos, en el estercolero mediático y televisivo habitual al que nos hemos habituado por aquí  Señoras y señores, pasen y vean...  o digan que no y miren a otro lugar donde la aventura sea real y el aventurero sepa qué significa la palabra ética.



El apremio (Columna publicada en el número 39 de CampoBase)

En las gargantas que rodean el valle del Myagdi Khola, en el corazón del Himalaya nepalí, el tiempo parece haberse detenido hace ya unos cuantos siglos. Durante ocho días hemos caminado por cañones estrechos y sendas poco definidas, preguntando a los pocos lugareños presentes por nuestro rumbo, inseguros cual caminantes novatos. Poco a poco nos hemos despegado de nuestro sopor urbano, de nuestra civilizada torpeza, de nuestras dudas. Lo cierto es que esta marcha de aproximación que acabamos de finalizar es la misma de siempre.

Desde un lugar llamado Beni comenzamos nuestro peculiar peregrinaje. En numerosas ocasiones el camino no permite errores, y un simple tropezón sería sin duda el último. En los dos pasajes más complicados han sido necesarias las cuerdas fijas, para mayor seguridad de nuestros cuarenta porteadores. Ahora comprendemos por qué este valle nunca estará masificado. Pero ya no miramos atrás. El Dhaulagiri se levanta 3.500 metros por encima de nuestro pequeño y modesto campo base, apenas una decena de tiendas de campaña colocadas precariamente sobre la morrena glaciar, entre piedras y a una altitud muy tolerable, 4.650 metros de altura. Los porteadores nos abandonaron sin misericordia todavía a una buena distancia del campo base, y los primeros días los hemos pasado haciendo viajes glaciar abajo, con la sana intención de recuperar al menos nuestro material personal. Ahora se han quedado trabajando seis amigos nepalíes, que tendrán que hacer turnos a destajo para traer todo lo que nos falta.

Somos siete escaladores, aunque antes que nosotros han llegado una buena cuadrilla de italianos, un par de catalanes y alguno más. En total, de momento sólo estamos 18 escaladores. Nadie posee una sola botella de oxígeno artificial, ni emplea los servicios de porteadores de altura, los conocidos sherpas, lo cual hace que nuestra relación con la montaña esté despojada de trucos que sólo ocultan la propia incapacidad de medirse con la montaña en una cierta igualdad de condiciones.

Mientras asciendo por primera vez al campamento 1, me concentro en el ruido que mis crampones hacen al pisar la nieve dura. Las condiciones parecen muy buenas. Jorge y yo recorremos en apenas dos horas y media el camino hasta el collado noroeste, y después aún ascendemos hasta los 5.900 metros, donde plantamos una pequeña tienda. Aunque me siento particularmente bien, he sufrido para aguantar el ritmo de este asturiano inhumanamente fuerte, que se ha convertido en poco tiempo en mi compañero de cordada ideal. Un rato después llega también el resto. Aquí nada me inquieta, nada me incomoda, nada me hace perder la fe o los nervios, bien al contrario que de vuelta en casa, en nuestro confortable y seguro mundo. Sonrío para mis adentros cuando me acuerdo del par de multas que me han sacudido este pasado invierno. Una por lo de la zona azul y el coche, y la otra por ir corriendo con mi perro por un parque, sin correa ni el can ni yo. Justo antes de partir, alguien del área de protección ciudadana (¿?) se puso en contacto conmigo por carta., indicándome que, si no pago, ellos se ocuparán del tema “por el procedimiento de apremio”. Miro al hermoso Dhaulagiri, y al otro lado del valle al Annapurna, y pienso que a alguien que se dispone a intentar escalar estas dos montañas no se le puede apremiar. Y después sigo sonriendo, claro.



¿Cómo están ustedes? (Columna publicada en el número 40 de CampoBase)

Estarán ustedes por una vez de acuerdo conmigo: vaya mierda de invierno éste que acabamos de pasar. Un invierno así, ni merece tal nombre. Calor y cumbres peladas han sido el pan nuestro de cuatro meses, y ha habido que echarle imaginación y ganas para  siquiera pensar en esquiar o escalar en hielo. Los meses así pasan lentos pero, llegado abril, algunos de nosotros podremos partir de nuevo hacia el Himalaya, suerte nunca suficientemente agradecida. Al igual que en las últimas primaveras, más de 700 personas plantarán sus tiendas debajo de ambas caras del Chomolungma, también llamado Everest, con la, en principio, sana intención de encaramarse hasta lo más alto y bajar para contarlo, o incluso contarlo mientras tanto, al menos a las dos docenas de amiguetes y familiares que les sigan, en el mejor de los casos. Y no seré yo quién les critique, a ninguno de ellos, la finalidad o intención, ni el empeño o motivación. Pero, como pronto veremos, algunos se merecen todo mi desdén o incluso hasta mi desprecio por la manera en la que tratan a una montaña que es sagrada para quienes viven debajo de ella y que se merecería mucho más de lo que se le entrega a cambio del éxito, desde cualquier punto de vista. Chomolungma quiere decir la Diosa Madre de la Tierra.

Este Everest conoce al menos una docena de escaladas destacadas, desde la de Unsoeld y Horbein por la arista oeste, la más infravalorada de la historia, hasta las de los australianos por el corredor Norton o los anglosajones por la cara este, entre otros. Aún así, sus laderas sólo han visto dos ascensos limpios en casi 100 años de historia: el inigualable solo de Messner en agosto de 1980 y la subida en plan exprés de Loretan y Troillet en el mismo mes de 1986,  ambos sin oxígeno, cuerdas o sherpas, que es, dicho sea de paso, como se define el juego limpio a 8.000 metros. Ambas escaladas son el mejor ejemplo de funambulismo sin red, de alpinismo trasladado a la categoría de arte. Por esa búsqueda artística tiene mucho más mérito intentarlo y fallar limpiamente, como Iñurrategi, Vallejo y Latorre el año pasado, que subirlo de cualquier modo. 

Así que acojona muchísimo observar el desfile anual de esperpénticos payasos empeñados en lograr sus 15 minutos de fama a base de dejar que los sherpas les hagan todo el trabajo, agarrándose a miles de metros de cuerda fija hasta con los dientes mientras chupan más oxígeno que Jacques Cousteau. Uno creía haberlo visto todo, pero el último en llegar y llamar a la puerta causa espanto. Se trata de un auténtico necio, holandés por más señas, cuyo nombre callaré para no manchar estas páginas. El tipo pretende subir a la montaña más alta del mundo en pantalón corto, para probar no sé que teorías del “fuego interior”. ¡Haznos un favor a todos y deja al Everest en paz!

La responsabilidad es en parte de los medios, que debieran asegurarse que los 15 minutos correspondientes a elementos así se reduzcan a cero, y en parte de todos nosotros, que no debiéramos tolerar que se viole de tal modo a ese montón de hielo y piedras que tanto amamos. El Everest se convertirá, si lo permitimos, en el estercolero mediático y televisivo habitual al que nos hemos habituado por aquí  Señoras y señores, pasen y vean...  o digan que no y miren a otro lugar donde la aventura sea real y el aventurero sepa qué significa la palabra ética.



Fausto (Columna publicada en el número 41 de CampoBase)

El sol picante y hermoso de Kathmandu me devuelve a la vida poco a poco, tras haberlas pasado canutas en una expedición de las buenas. Bueno, creo que es el sol, si, pero también deben influir lo suyo, me temo, las chicas, el jabón, los helados y la visita de la octogenaria y cada vez más simpática Liz Hawley, cosas todas ellas que nos reconcilian con la vida a la vez que nos recuerdan que una vez más hemos sobrevivido, que podemos volver a vivir, que se nos concede otro año de camino, o al menos seis meses, para cometer los mismos errores y fechorías de siempre. O incluso para enmendarlos, que de todo habrá por ahí.

Me siento en la terraza del Northfield Café y me dedico a pensar por unos instantes, relajante actividad a la que suelo dedicar todos los días un rato, si la lluvia o la autoridad competente no lo impiden. Hoy cumplo 40 años, aunque se me nota más bien poco. Se me nota bastante más la resaca de ayer, porque estuvimos de fiesta hasta las tantas, y estas ya no son edades para ciertas cosas... Serán breves los momentos de mi introspección, instantes en los que agradezco sereno el regalo que supone seguir siendo libre, seguir haciendo caso a mi intuición y a las roncas llamadas de mi corazón. “¡Iñaki!”, grita alguien desde una mesa cercana, interrumpiendo mi digno “mirar de ombligo”. Cuando me vuelvo lo primero que veo es su larga barba canosa, que alcanza tal longitud que para si la quisiera el propio mago Merlín. Una piedra tibetana bellísima cuelga de su cuello. En su rostro se ilumina una sonrisa al menos 40 años más joven que él, el guiño travieso de alguien que continúa siendo un niño pícaro, sin duda. Es mi viejo amigo Fausto de Stefani, un italiano inteligente y romántico que lleva más años que casi ninguno de nosotros en esto de escalar montañas grandes. En esto y en otras cosas, y ha sobrevivido a todo. Su llamada me hace sonreir, a la mierda la introspección y los pensamientos, y que vivan los amigos.

Fausto, un alpinista de primera que ha escalado todos los ochomiles, ama la vida y las mujeres. Tiene un aspecto inmejorable, que dista mucho de lo que su pasaporte indica; 56 años. Está mucho más delgado que hace unos años, se le ve en forma. Pronto nos sentamos juntos y puedo disfrutar de su inteligente conversación, privilegio nunca suficientemente agradecido, especialmente entre algunos de mis colegas himalayistas. Fausto viene del Lhotse, y está realmente espantado de cómo se denigra todas las primaveras la montaña más alta del mundo, su vecino Everest. Me explica, y me deja mudo de admiración, cómo ha recaudado en los últimos años 1 millón de euros para su escuela en las proximidades de Kathmandú, donde hay escolarizados ya 800 niños huérfanos. Hablando del egoísmo del deportista de elite.

“¿Sabes, Iñaki? Después de tantos años, me quedan solamente muchas dudas, y apenas unas cuantas certezas. La más importante de estas es que el alpinismo no cuenta, no importa nada. Lo único que importa de verdad es cuánto has amado y cuánto te han amado” me dice mirándome fijamente a los ojos. Los suyos brillan con pasión, con verdad, con corazón. “Fausto, eres grande”, le digo. Alguien con esa pedazo de barba sólo puede tener razón, mucha razón. Me despido contento, porque en una hora de tranquila cháchara he aprendido más que en todo el año1979, cuando cursé 7º de EGB.



Mis plegarias (Columna publicada en el número 42 de CampoBase)

Tirando de hemeroteca, encuentro una frase que escribí hace ya algún tiempo yo solito, supongo que tenía el día revoltoso; “Sólo espero que los tripudos burócratas que rigen los designios del deporte mundial mantengan sus afiladas garras lejos de nuestra actividad”. Inevitablemente, mis vanos deseos parecen estar destinados al cubo de la basura, lugar donde por otra parte no se está tan mal, depende de lo que caiga en él después. Resulta que un organismo llamado AMA (Agencia Mundial Antidopaje) ha decidido incluir el oxígeno embotellado en la lista de productos prohibidos. A eso le llamo yo no ya sacar los pies del tiesto, sino directamente cagar fuera del mismo, eso sí, con estilo olímpico; más alto, más fuerte y más lejos que nadie. Mira tú que es grande el tiesto y resulta fácil apuntar. Pues nada, todo fuera. La AMA no tiene nada que decir sobre el oxígeno en botellas o como sea, porque el alpinismo es una actividad física pero no un deporte como tal, y si se practica bien carece de reglas escritas, de competiciones oficiales, de jueces, medallas y ceremonias con himnos, banderas y señoritas en traje regional. Además es habitualmente practicado por gentes, como un servidor, que creen fervientemente en... nada que no sea la libertad individual, con mayúsculas. Si alguien quiere subir al Everest o a donde sea con botellas y escafandra de astronauta, déjenle en paz. De sobra sabemos que hay quién utilizaría helio y se inyectaría lejía en vena si ello le garantizase la cima, la fama tipo “isla de los famosos” y algo de pasta.

Estarán ustedes de acuerdo conmigo, por una vez, en que la esencia de la escalada en altitudes extremas es la hipoxia, la escasez de oxígeno sin matices que te destruye físicamente en unas pocas horas, y cuya consecuencia directa más radical es que el himalayismo es la actividad más peligrosa con diferencia de todas las que se practican en montaña. Quien se acerca al Himalaya o Karakorum con humildad, respeto y verdadero amor por las montañas jamás se enchufaría a la botella, porque lo que esa persona quiere descubrir es si sus pulmones y piernas valen esos 8.000 metros. Si uno se conecta, la incertidumbre y la aventura son aniquiladas al unísono, y la montaña escalada se convierte inmediatamente en otra, miles de metros más baja, amable, caliente y segura mientras la tecnología no falle o escasee.

Mis plegarias no fueron escuchadas entonces, pero las repetiré. Señores de la AMA, dejen en paz el alpinismo, permitan que si alguien quiere subir al Everest chupando más oxígeno que Jacques Cousteau lo haga. Una ascensión con oxígeno artificial puede ser importante personalmente, pero no vale un pimiento si hablamos de alpinismo. Y lo sabemos todos, incluidos ustedes. Si necesitan investigar el dopaje, podrían entonces ocuparse de esos deportes, hay muchos, donde el organismo sancionador es el mismo que obtiene pingües beneficios de la propia actividad. ¿Les doy una pista? Donde más dopaje hay es donde se mueve más dinero. Así que, hala, a ver por qué ciertos futbolistas poseen cuádriceps de 70 centímetros de circunferencia comiendo sólo alubias, se recuperan de un esguince en una semanita, y a ver qué café se han tomado antes de la final, que esos ojillos enrojecidos y ese temblor de patas me resultan sospechosos. Aunque ya se sabe, “gol en el campo, paz en la tierra.”  



El gusano (Columna publicada en el número 43 de CampoBase)

La memoria humana no sólo es frágil; tambien es una vieja bastarda, que nos hace olvidar pronto cosas que debieran bastar para mover nuestros pies cada mañana, y hechos que debieran dejar huellas imborrables en nuestros corazones. Por si ello no fuera suficiente, los telediarios malditos nos hipnotizan y anestesian, conviertiendo en trivial no sólo la muerte sino también el asesinato. Con todo, al menos en mi caso, de vez en cuando la bilis que generan viejas heridas resurge, y sabe ciertamente fresca y caliente. Hoy me refiero al asesinato de una monja tibetana que huía de su país hacia el exilio, visto en primera persona (y grabado en directo) por cientos de escaladores que se encontraban ahora hace justo un año a los pies del Cho Oyu.

 Si se dan ustedes una cibérnetica vuelta por youtube.com, y solicitan “Chinese killing Tibetans” (Chino matando Tibetanos) o bien “Nangpa La shootings” (tiroteo en el Nangpa La), podrán ver de qué hablo. En los videos, de calidad escasa pero de crudeza inigualable, se puede observar como una columna de casi 80 tibetanos se dirige hacia el susodicho collado, el Nangpa La, en fila de a uno y a casi 5.700 metros de altura. El collado es uno de los más altos entre Tibet y Nepal, antiguo paso de caravanas de yaks y comerciantes. Ahora es el último recurso para los que intentan escapar de la muerte, la cárcel, la opresión y la rendición a una cultura extranjera y extraña, desde que hace casi 60 años comenzára el genocidio que los chinos realizan impunemente en Tibet. En el video se observa cómo un tipo vestido de verde y con el pelo corto, coincidencias, apunta tranquilamente y dispara, y cómo una figura pequeña y oscura termina sus días en la nieve, su vida cortada en seco. Después el militar se enciende un cigarro, el hijo de puta, y comenta la jugada con algún colega. Los chinos, antes de saber que el video existía, arguyeron que los disparos se hicieron “en defensa propia”, qué sinverguenzas. La historia tuvo sus cinco minutos de fama en algún noticiario de por entonces, y alguna tímida y pacífica protesta en frente de alguna embajada bien custodiada. 
Del gobierno chino es normal esperar cosas mucho peores que la mentira o el cinismo, pero de lo que no se habló entonces es de la reacción de algunos escaladores que estaban presentes el día de autos. En concreto, el dueño de una de las agencias que organizan expediciones comerciales, una de las más grandes y conocidas, se dirigió a varios de los grupos presentes, o les mandó emisarios, conminándoles a no decir nada del tema. El gusano en cuestión aseguraba que, si acaso alguien hablaba del asunto, la consecuencia sería el cierre de fronteras en el futuro, o quizás el encarecimiento de los permisos de escalada. Por si ello fuera poco, añadió que en realidad la monja asesinada no era tal, sino un miembro de una mafia de trata de blancas que trataba de huir de la justa justicia china. ¡Ah, bueno, ya me quedo mucho más tranquilo!  Si es así no pasa nada, maten, maten ustedes señores militares chinos... El gusano será siempre un cabrón sin escrupulos. ¿Tan buenos son los dólares que ganas?

Afortunadamente para la historia algunos no se callaron y publicaron sus fotos, relatos y videos, pruebas que no dejan lugar a la duda. No me acostumbraré nunca a que tenga que haber de todo; gentes de espíritú puro y noble, o asesinos y gusanos.



La pastilla, camarada (Columna publicada en el número 44 de CampoBase)

Si yo fuera ruso y viviera en Rusia, lo primero que se me ocurriría es hacerme alpinista. Lo digo porque parece algo imposible de concebir el nacer en aquél país y practicar un alpinismo normal o aburrido, incluso en el caso de que te apetezca que sea así. No, no, nada de eso. Lo que hay que hacer si uno es ruso es subirse al sitio más difícil por el lado más dificil, y sobre todo conseguir que el asunto resulte épico, que se ronde la tragedia y, si acaso se sobrevive, entonces que sea al menos teniendo cuatro o cinco dedos negros, habiendo perdido 15 kilos y con un par de trombos en las piernas. La última de la lista da pánico sólo al oírla, la directa a la cara oeste del K2, en 70 dias de campo base y con docena y media de escaladores asediando la pered continuamente, sin mirar al clima. Si nieva, pues que se joda el sargento.

Haciendo memoria es fácil apreciar desde el sillón que los (ex)soviéticos lo han escalado todo, desde aquella primera al pilar suroeste del Everest, en 1.982; la travesía del Kanchenjunga, la oeste y también la norte del Dhaulagiri, la sur del Lhotse, la oeste del Makalu, la primera al Lhotse medio, la directa de la norte del Everest, la norte del Jannu, la sur del Broad Peak, la noreste directa del Manaslu, la cresta noroeste del Annapurna y la norte del Cho Oyu... Todas ellas, ¡vias sin repetir! Es fácil criticar el estilo pesado y el uso casi sistématico de (algo) de oxígeno, que ellos mismos portean, pero, se pongan como se pongan algunos de los puristas occidentales, los datos no dejan lugar a dudas; son sin duda los más grandes. Entre ellos encontramos al discreto doctor Evgeny Vinogradsky (6 veces el Everest), un tipo que ya subió a los cuatro Kanchenjungas en 1.989, y que desde entonces ha participado en la mayoría de los ascensos antes descritos, convirtiéndose con su escalada de la oeste del K2, a sus 56 años, en la primera persona que ha abierto nuevas rutas en cuatro de los cinco ochomiles grandes.

En el K2 se han sobrado. Algunos de los once que han hecho cumbre han pasado más de 30 noches a 7.000 metros y tres de ellos, Gennady Krievski, Alexei Bolotov y Nikolai Totmjanin han dormido (¿) 10 veces por encima de los 8.000 metros, en el trancurso de 15 dias, en sus dos intentos. Han sobrevivido a tres noches a 8.400 metros, escalando dificultades muy serias hasta la propia cumbre. Algunos escaladores y observadores occientales se han apresurado a criticarles, y a poner en duda los medios que usan, insinuando incluso que quizás ellos dispongan de alguna pastilla que los demás desconozcamos...  Prefieren imaginarse a Nikolai diciéndole a Alexei, “tómate la pastillita, tovarich, a ver si te va a dar un chungo...”, porque siempre es más fácil ceer en esotéricos secretos ocultos que reconocer que en occidente se ha perdido buena parte de la imaginación, que es el motor de la aventura y que ellos aún conservan.

Yo sé que no es así. Les conozco, y sé que lo que mueve sus pasos en un deseo firme y puro, de ese que quema por dentro. También sé que, de vuelta al hogar, les esperan condiciones de vida mucho más duras que las nuestras y un futuro cuando menos incierto, que hace que sea más fácil centrarse en la escalada presente, y que otorga a la gloria conseguida cualidades catárticas y magia a raudales. Así que abran bien los ojos cuando los rusos salgan de casa de nuevo.



Carta a Ricardo (Columna publicada en el número 45 de CampoBase)

Hola Riki:           
Hace días que tenía ganas de hablar un rato contigo, pero no encontraba el hueco. Seguimos todo el día como locos, sin parar, llevando a cuestas el pecado mortal de no tener tiempo ni para los amigos. El verano hace días que se fue, de nuevo llueve con ganas y, como siempre, ya estamos esperando a la nieve para escapar del sopor urbano. Ha sido una mierda de verano, para qué te voy a engañar, aunque algunos de tus numerosos amigos, como Pauner y Vallejo, se pudieron subir al Broad Peak en julio. Les costó lo suyo, no creas, pero al final libraron con holgura. Al volver me dijeron que te echaron de menos con violencia. Como los demás.

Aquí no ha hecho calor, que es lo que tiene que hacer en un verano decente para que entonces nos quejemos de ello y no de lo contrario. Yo me he lesionado, cosa que hacía bastantes años no ocurría. Va a ser la edad. Nada terrible, una tendinitis en la rodilla, pero he tenido que parar y eso ya sabes que no nos gusta a ninguno. Me he dedicado a escalar en roca y te puedo decir con cierto orgullo que no se me ha olvidado, aún después de tantos años. Hemos andado por el Piz Badile, también en Verdón y Chamonix, en el Ticino Suizo y por supuesto en Etxauri, claro. Rulando por ahí, sin muchas más reglas que llegar hambrientos a cada anochecer y apretar bien la espalda contra el suelo al dormir. Aunque prefiero no mirar a la dificultad de las vías que hago, de paso que me hago la ilusión de que escalo rocas y no grados, y de que así soy como Chris Sharma, intuitivo y grande.

En Junio, nada más regresar del Dhaulagiri, estuve en tu casa de Salinas con toda tu familia. Están muy bien, tienes que estar orgulloso de ellos, amigo. Tus chicas, tu mujer, tu madre y tus hermanos me impresionaron por su entereza, su fuerza y sus ganas de vivir, que ya sé de quién aprendieron. Todos han estado entrenándose como mulos, con toda la ilusión del mundo, para poder acercarse este mes de octubre hasta el campo base de tu Dhaulagiri, a dejar allí jirones de piel y corazón, y a decir cosas que no hay quien cuente de lo hermosas que son. ¿Te acuerdas del piolet que intercambiamos en el Makalu, hace ya tres años y pico? A ti te gustaba el mío y a mi me gustaba el tuyo, así que trato hecho. Después, “tu” piolet ha subido en mi mano al K2, al Manaslu, al Shisha Pangma y al propio Dhaulagiri. El cacharro metálico siempre me recuerda tu honestidad, tu bravura y tu tirar para adelante sin mirar atrás. Se lo llevé a tu mujer porque me perecía mejor que se lo quedara ella, pero me lo devolvió pidiéndome que lo usara yo hasta que acabe los 14 ochomiles, y que después hablaríamos. Qué lindo gesto.

Mañana me subo a un avión que me llevará allá donde estás. Con Rubén, Carlos y los otros intentaremos traerte de vuelta a casa, a donde perteneces. Por mi parte, sólo quería saludarte, y espero no alterar vuestra tranquilidad y paz. Debéis saber que se os añora, recuerda y echa de menos como corresponde, un puto huevo. Amigo, ya sabes que mi corazón está allí, contigo y con Santi, y con todos los demás. Sueño con las nieves que os cubren como un pájaro que anhela vientos que le porten más allá de cualquier arco iris. Y espero que mi vida sea tan rica como lo fueron las vuestras, y que alguien se acuerde de mi todos los días, con una sonrisa en los labios, cuando me vaya.

* Ricardo Valencia, alpinista navarro desaparecido en el Dhaulagiri en mayo de 2.007, junto al aragonés Santiago Sagaste.



El Nota (Columna publicada en el número 46 de CampoBase)

¿Han visto ustedes una película llamada ‘El gran Lebowski’? Si no es así, mi consejo es que lo remedien cuanto antes, porque nunca se sabe. Durante las casi dos horas de surreales y delirantes acontecimientos, un tipo que se hace llamar ‘El Nota’ se pasea en albornoz y zapatillas de casa, tranquilo, intentando conseguir que alguien se ocupe de limpiar su alfombra, en la cual un par de gangsters se han orinado al confundir su nombre con el de un famoso millonario. ‘El Nota’ sólo quiere justicia, además de jugar a los bolos y beber “caucasianos blancos”. Es un tipo vago, genial, cariñoso y lleno de proyectos de esos que es fácil suponer que nunca verán la luz. Pero sin gente de esta hechura la vida sería sin duda mucho menos interesante, y todos pareceríamos suizos...

El otro día en Muktinath, Nepal, tuve la inmensa fortuna de conocer a una reencarnación de ‘El Nota’ , y no puedo estar más orgulloso de ello. Me quedo con su figura en cuanto le veo, porque destaca allá por dónde pasa, rebosante de carisma y evidente buen humor. Es italiano por los cuatro costados, se llama Davide y tiene los ojos verdes, que centellean vivarachos mientras él parlotea a la vez en dos o tres idiomas. Atrae hacia su persona las miradas y las conversaciones de todos los presentes en el Mount Kailash Lodge, donde nos alojamos hoy. Davide es como un imán, siempre le ocurren toda clase de cosas.

Acaba de atravesar el Thorung La, un collado de 5.400m., vestido con unas chanclas, un poncho mejicano y una sudadera donde pone MILANO. Nevaba con ganas, pero él es más duro que todo eso. En apenas unas horas le ha sucedido de todo. Primero se ha topado con los ex guerrilleros maoístas, ahora reconvertidos en políticos, que le han pedido una “donación”. Nadie más que él les ha visto. Davide les ha respondido que no, gracias, que Namasté, y después ha salido de naja. Al rato le ha mordido un mono, aquí a 3.700 m., así como lo oyen. Resulta que Davide se ha acercado a un santón indú y le ha entregado unas rupias a modo de donativo. Después le ha estrechado la mano, momento que el pequeño simio, propiedad del asceta, ha aprovechado para meterle un buen bocado en un dedo, presa de los celos. “Pobre animal, le van a tener que vacunar a él...”, nos dice, y se muere de la risa. Mientras nos cuenta todo esto, la alarma de su reloj se dispara, sonando enloquecida. “Descompresión”, aclara con seriedad desconocida y el ceño fruncido, “me avisa de que tengo que parar tres minutos, en mi subida a la superficie...”. Pronto nos duele el estómago, es extraño que tanto reir no sea pecado.

Unos días después nos despedimos en Katmandú. Davide y su novia se van a la India, a practicar la meditación, que de todo ha de haber bajo el cielo. Davide cocina y nos invita a comer a unos cuantos, en su hotel. Al mismo tiempo enseña italiano básico a los nepalís empleados en el albergue, por el que se pasea como si fuera el dueño. “Ciao, ciao, belle tetine...”, repiten todos en cuanto le ven. El cocinero oficial del lugar le sigue a todas partes y aprende a preparar la pasta al dente. Hay algunas personas que te contagian su energía, su entusiasmo y su amor por la vida. Su sólo recuerdo dibuja una sonrisa en tus labios y hace que te vayas a la cama ansioso por saber lo que va a pasar mañana. Davide es uno de ellos, y yo me alegro de habérmelo cruzado. 



Los federales (Columna publicada en el número 47 de CampoBase)

No es tan malo mirar atrás de vez en cuando, como en estas entrañables fechas de “mierda”, y ver que hemos sobrevivido un año más. También me alegro de que la calidad de la supervivencia sea alta, aquella misma calidad de la que hablaba Doug Scott tras un vivac a 8.750 metros más o menos a pelo. No es menos notorio constatar que conservamos más o menos intactas la ilusión, la imaginación y las ganas de vivir en libertad, a pesar del bombardeo. Lo único que vamos perdiendo, a mordiscos y a nuestro pesar, es la ingenuidad, o la facilidad con la que nos engañan.

Discúlpenme, pero creo que los hombres de nuestro tiempo hemos matado al Dios tradicional, y lo hemos sustituido por los dioses cotidianos del Confort, el Dinero y la Seguridad. Los tres por igual, es difícil decir quién de ellos significa más en este nuestro lado bueno del mundo. Aquí todo es ergonómico, todo ha de costar poco esfuerzo, e incluso se mira mal al que suda por sus sueños. Todo se mide por lo que cuesta en euros, todo está asegurado, que nunca se sabe. Incluso a veces es “obligatorio” que sea así. Todo ello vale hasta que llegan una enfermedad o un accidente y la escala de valores salta por los aires, hecha añicos. Hace 23 años que, anualmente, renuevo mi licencia y seguro federativo, con la religiosidad propia de cualquier rito, con toda la ceremonia, casi hasta con alegría. Más de 2.000 euros he dejado en tal menester con el paso de los años. Parece ciertamente ventajoso ser muchos y defender nuestros derechos y nuestras montañas agrupados. Además, en ciertos sitios comienzan a cobrar los rescates, con esa filosofía tan linda de que no hace falta pagar si conduces borracho, te caes al río y 30 bomberos tienen que jugarse el bigote para rescatarte, pero escalar es un lujo no admisible, que no cuela fácilmente en nuestra egoísta y dormida sociedad.

El pasado mes de junio comenzó a dolerme una de mis trotadas rodillas. El dolor apareció en el monte, donde paso 300 días al año si el tiempo o la autoridad no lo impiden. No fue en un partido de fútbol o en un casino, ni mucho menos en los toros o visitando un museo. Sencillamente me lesioné, una tendinitis que se ha agarrado con ganas y que, seis meses después, me ha hecho pasar por el quirófano. Desde el principio me dijeron que, paradójicamente, mi lesión no estaba “cubierta”, aunque si mentía y decía que me la había hecho “por un golpe” entonces la cosa solía colar. Pero si es tan fácil de evitar prefiero no hacerlo, lo de mentir, así que a pagar tocan, 2.500 de nada.           
  
Imagínense el negocio; durante 20 años tú me das 100 euros al año, y luego cuando te lesionas te jodes, y te lo pagas tú. La culpa de lesionarme es mía, por ir al monte, por ser escalador, corredor, paseante, esquiador. Ignoro si la responsabilidad de lo que yo considero un timo tan evidente es de unos, los federales, a quienes supongo bienintencionados en sus esfuerzos por sus asociados, o de los otros, las compañías de seguros, a quienes considero una cuadrilla de piratas sin escrúpulos. Un servidor pensaba, en su ingenuidad, que quienes rigen nuestros designios federativos, nuestros federales, serían capaces de defender nuestra suerte con más garbo. Así que fedérense si ustedes quieren, pero el año que viene, y los que espero que sigan, yo no lo voy a hacer. Más que nada por hacer caso a Harry el sucio, que decía aquello tan profundo de: “Si quiere garantías, cómprese una tostadora”. Pues eso.



Aguas turbulentas (El descerebrado) (Columna publicada en el número 48 de CampoBase)

Hoy estoy perezoso, me noto espeso; debe ser la edad, el tiempo, o el invierno.  Igual simplemente es que soy realmente un zángano. Cuando eso pasa, no tan a menudo, me voy a entrenar y le doy duro, cuesta arriba y cuesta abajo. Y el curro que lo haga otro. Así que hoy le cedo la palabra, con sumo gusto, a un amable lector que nos escribió hace ya algún tiempo desde el sur.

 “...en Málaga asistí a la conferencia de Juanito Oiarzabal, organizada por la fundación Eroski. El acto en sí fue un éxito de público que abarrotó la sala de conferencias ubicada en el Centro Cívico. Al menos 350 personas asistieron con gran expectación la llegada a Málaga de nuestro admirado alpinista. Presentó, Juanito, un avance en primicia de lo que será el montaje audiovisual de la ascensión al K2 por parte de la expedición del Al Filo. Magnifico audiovisual, aderezado con la personalísima forma  de contar sus vivencias por parte de Oiarzabal. Tras el acto se abrió un turno de palabra...

Puestos en ese contexto y ante preguntas del tipo "qué llevas en la mochila el día del ataque a la cumbre", me decidí a plantear en el turno de preguntas mi opinión compartida con Iñaki Ochoa de Olza, expuesta en su magnifico artículo titulado “Ruedas de molino” (CampoBase nº8). Además hice mención al verdadero éxito alpinístico de la temporada, la repetición de la Magic Line por la expedición catalana.

Juanito reconoció, aunque de pasada, el mérito alpinístico de Corominas y compañía, y luego entro a saco en un cúmulo de descalificaciones hacia Iñaki y su trayectoria como alpinista. A saber, y por orden, dijo de él que era un alpinista que no había demostrado nada en su trayectoria salvo subir  a las cumbres por las vías normales, y generalmente aprovechándose de las cuerdas fijas montadas por la expediciones que le antecedían. Que cualquiera de los que formaba equipo con él (Oiarzabal) en sus expediciones le daba cien mil vueltas como alpinista a Iñaki. Que Iñaki había montado un numerito sobre un supuesto record en el K2 aprovechándose de las cuerdas fijas montadas por la expedición de Al filo.

Dijo de Iñaki, y esto es literal, que..."es un descerebrado que haría mejor estándose calladito", y aludió finalmente al artículo publicado en vuestra revista. En fín, personalmente creo que fue Juanito Oiarzabal en estado excesivamente genuino.  Sin duda, dió la sensación de que cuando alguien se instala en el “star system”, pierde toda su magia como ser humano y como alpinista. Al menos en esta ocasión, esa ha sido la sensación que ha dejado en muchos de nosotros, que seguiremos admirando más sus gestas que sus respuestas. Un cordial saludo.”

¿Algo qué opinar? Yo, no. Como tengo el día vago, no voy a decir nada, que cansa. Sólo añadiré que hay gente que te llama idiota y te hace un favor. Además, si no tengo nada bueno que decir de alguien, prefiero quedarme “calladito”, desde luego, y dejar que sea el tiempo el que ponga a cada uno en su sitio, si no es mucho pedir. Nietzsche dijo en una ocasión que “hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas”. Y eso que el tío se murió hace un montón de años y se quedó sin conocer las épicas gestas de los héroes modernos, tan bien glosadas por los Homeros de nuestros días. Seguro que se revuelve en su tumba, el pobre.



Boikot (Columna publicada en el número 49 de CampoBase)

No tengo ni idea de cómo se vivía al norte de los Himalayas, en la tierra del trono de los dioses, antes de que llegaran los camaradas chinos a “arreglar” la situación. Me imagino que nada era sencillo, allá donde la tierra no da nada de sí y donde el sol no calienta. Dicen que era un sistema feudal, en el cual los lamas detentaban el poder político y religioso. Me puedo hacer una vaga idea, sin duda era un modo de vida duro como pocos. Los chinos lo arreglaron, claro que sí, aunque para ello tuvieran que acabar con la vida a un millón de tibetanos, se dice pronto, entre 1.950 y 1.970, en uno de los grandes genocidios del siglo XX, que además sigue sin ser ni juzgado ni castigado. Otro número similar de tibetanos viven en el exilio, qué remedio, si han tenido la fortuna de poder escapar sin que les peguen un tiro, corriendo a través de las montañas.

En el resto de China, llamémosla así, las cosas no van mucho mejor en la actualidad. El estado chino lleva a cabo el 65% de todas las ejecuciones que se realizan en el mundo cada año. Los chinos dicen que ejecutaron a 1.010 personas el año pasado, aunque otras fuentes aseguran que fueron entre 7.500 y 8.000. La familia del reo paga la bala, tiro en la nuca, y el estado vende los órganos un rato después. Delitos económicos comunes son susceptibles de pena de muerte y, hasta el año pasado, no era posible recurrir la sentencia a ninguna instancia jurídica superior.   

Por asombroso que parezca, nadie se escandaliza. La cuestión de los derechos humanos no interesa, no es comercial. El genocidio tibetano no sólo no ha sido juzgado sino que, para colmo, además le han dado un premio. Así, como lo oyen. Una respetada y prestigiosa mafia, el Comité Olímpico Internacional (COI), olímpicamente se pasó el asunto por el forro de la entrepierna y adjudicó los Juegos de 2.008 a Pekín. Dijeron, para justificarse, que lo hacían para provocar la apertura, pero no engañaron a nadie. Los chinos son muchos, pero muchos, muchos, y hay que sacar cantidad de tajada de eso tan tenebroso que se llama inversión extranjera. ¿Lo de los derechos humanos? Bueno, no hay que dramatizar, pecata minuta, complejas cuestiones internas... Como ya he dicho en alguna ocasión, celebro infinitamente que esos tripudos burócratas mantengan sus entrenadas y afiladas garras lejos de nuestra actividad. ¿Escalada o esquí de montaña olímpico? Jamás, por favor.

 Yo no soy atleta, ni nadador o gimnasta. Pero si lo fuera, no se me ocurriría ni en pintura participar en semejante despropósito. Mi último recurso como mero espectador es precisamente renunciar a serlo. Es decir, boicotearé cualquier intento de los Juegos Olímpicos de llegar hasta mi cerebro, vía prensa, radio o televisión, y animaré a cualquiera que me quiera escuchar a hacer lo mismo. Me perderé el maratón y la final de los 10.000, y dejaré de ver a mis admirados Gebreselassie y Bekele haciendo historia. En Seúl 88 veíamos los Juegos desde la cafetería de Yosemite. En Barcelona 92 caminábamos hacia el Everest, y en Atlanta 96 descendíamos de los Gasherbrum. En Sidney 2000 marchábamos hacia el Ama Dablam, y en Atenas 2004 nos recuperábamos del K2. Siempre me dio pena perderme los Juegos, aunque fuera por estar en las montañas, pero esta vez no será así. No vamos a cambiar nada, me temo, pero se nos queda la conciencia mejor. Mucho mejor.



Verde pistacho (Columna publicada en el número 50 de CampoBase)

Está la cosa muy malita. Pansarán ustedes que vivir en el norte es un lujo, rodeados de una economía florecientemente europea y cerquita de las montañas, colinas verdes onduladas por aquí y por allí, los Pirineos al lado y a sólo un ratito la playa. Todo muy bucólico y pastoril, genial. Es posible que sea así, desde luego he visto sitios mucho peores. Pero sin duda es mejor no engañarse, una vez más hay que darse cuenta de que todos los paraisos tienen su precio. Y no estoy hablando de política o de fútbol, no, hoy me refiero al espinoso tema de las chicas.

Rescato las siguientes líneas de un foro de internet, escritas resignadamente por un “compatriota”: “Los navarros, si ligamos, ligamos así; a pico y pala, pico y pala. Yo no sé hacerlo de otra forma. Aquí el grado está muy duro, duro que te pasas, y estamos acostumbrados a eso, aunque muchos navarros lo dan por imposible desde el principio y desisten con elegancia, ahorrándose las penurias, pero sin comerse un rosco”.
Ligarse a una navarra es como hacer escalada alpina; necesitas mucho tiempo para subir una cuesta enorme y con proyectiles sueltos, sin asistencia, con escasas protecciones, con tus apuros y tus sudores, y al final de todo, si lo consigues, te dan un V y no le pidas más. Habrá quien piense que el internauta exagera, o que desprende un cierto tufillo machista, pero les puedo asegurar de primera mano que no es así. Incluso diría que el chaval se queda bastante corto.

Así que hoy TE escribo, morena, porque estoy preocupado por uno de mis amigos, que empieza a asemejarse mucho a esos que “desisten con elegancia”, perdido ya cualquier atisbo de esperanza. Mi amigo es un buen mozo, recién cumplidos los treinta, con madera de buen alpinista y un corazón de oro, además de bien parecido, honesto y trabajador. Nada hay en él que una chica no pudiera considerar atractivo y, sin embargo, nada. Nada de nada, nada infinita. A pesar de todo, el pasado martes 5 de febrero en Astún casi sucede el milagro. Mientras entrenábamos haciendo unas subiditas por la pista (a falta de nieve, para variar) con los esquís de travesía, TÚ te paraste a la vera de mi anonadado colega. TÚ le saludaste amablemente, con una sonrisa. TÚ, vestida con tu reluciente anorak verde pistacho, melena al viento. Le dirigiste la palabra, e incluso le comentaste que también practicas el esquí de travesía, de cuando en cuando. No se le puede culpar, claro, pero mi amigo no supo reaccionar a tiempo. Balbuceó algo, sonríó, ni siquiera se despidió. Por un momentó pensó en una cámara oculta, o en experimentos científicos, y luego le tocó aguantar de nuestra parte lo que no está escrito ni escribiré yo.

Mi camarada está pensando seriamente en asociarse, en hacerse miembro de la mítica AACMN (Asociación de Afectados por el Caracter de la Mujer Navarra). Se le ve al hombre un tanto amohinado, y cierta enamorada melancolía brilla en su mirada cada vez que ve sus esquís o que piensa en la nieve. Por el jersey de Gastón Rebuffat, mujer, pónte en contacto, manifiéstate. Por ahí arriba está mi email, y yo haré de celestino. Supongo que no serás navarra ni por casualidad, claro, pero no importa. Es más, mejor así. Mi amigo tiene coche. Y también tiene motivación, mucha motivación.



El bueno, el feo y el malo (Columna publicada en el número 51 de CampoBase)

Apenas han transcurrido cinco minutos desde que he entrado por la puerta del Hotel Thamel, mi casa en Katmandú, cuando suena el teléfono. Enseguida me dicen que una mujer pregunta por mí. Sonrío, pues sé bien de quién se trata, y me dirijo al galope hacia la recepción. Poco después estoy charlando una vez más con la octogenaria norteamericana Elizabeth Hawley, periodista, supuesta agente de la CIA y residente en Katmandú hace casi cincuenta años. Su tono es cordial, como siempre, aunque ella no sabe que yo cada año le tengo más aprecio, siquiera porque su presencia aquí, y la mía, significa que ambos seguimos en camino. Ella es quien se encarga de entrevistar a  los líderes de las expediciones que se dirigen a escalar en el Himalaya, tanto a la ida como a la vuelta. En los últimos años, cosas de la edad, ella ha bajado un poco el ritmo y ya no puede hablar con todo el mundo, además de que cuenta con la ayuda de otras dos personas para realizar su cometido. Por lo tanto, es un honor que encuentre un hueco para mí. Concertamos una cita para la mañana siguiente.

 Un minuto antes de la hora señalada, su viejo VW Escarabajo aparca enfrente del hotel y su figura, cada vez más frágil, parece titubear en un primer momento. Pero pronto compruebo que su cabeza funciona igual que siempre, a sus años. Miss Hawley, como le llamamos todos, pasa los siguientes 40 minutos explicándome en detalle el funeral de estado de su íntimo amigo Edmund Hillary, desaparecido el pasado mes de enero. Ella asistió en primera fila, junto a la viuda y la primera ministra de Nueva Zelanda. Después pasamos a hablar de mi expedición, compuesta por Horia Colibasanu (Rumanía), Don Bowie (Canada) y yo mismo, además de  ocho amigos rusos que tardarán todavía un par de semanas. Miss Hawley me explica que para sus registros seremos dos expediciones diferentes, si no es problema. Después me pregunta:”¿Cuál es el nombre oficial de vuestra expedición?” Sin saber muy bien qué decir, le respondo: “Pues mira, ahora que lo dices, habíamos pensado en llamarnos EL BUENO, EL FEO Y EL MALO ANNAPURNA 1 EXPEDITION, pero el problema es que no nos hemos puesto de acuerdo en quién es quién. Nadie quiere ser El Feo.”  Mi vieja amiga se desternilla de risa, por un momento temo que se descuajeringue.

Al día siguiente Horia y yo finalizamos nuestra breve estancia en Katmandú con una fantástica cena en compañía de nuestros amigos polacos Piotr Pustelnik, Piotr Morawski y Dariusz Zaluski, además del eslovaco Peter Hamor. Son algunos de los grandes alpinistas del este. Ellos se dirigen también al Annapurna, aunque por la cara noroeste, la vertiente opuesta a donde estaremos nosotros. Gentilmente nos ofrecen todo tipo de información sobre la difícil arista este, que ellos escalaron hace un par de años y nosotros pretendemos repetir ahora. Peter Hamor dibuja incluso un croquis con todos los detalles técnicos habidos y por haber, haciendo gala de un envidiable buen humor. Quedamos en vernos en la cima, si no es mucho pedir, y nos despedimos como si fuéramos hermanos tras cuatro horas de compartir historias y pasiones, unidos por un mismo destino. Hemos acabado, seguramente, con buena parte de la despensa y la bodega del restaurante, pero ni siquiera por un instante hemos hablado de mujeres, lo que sólo puede querer decir que estamos motivadísimos. En nuestra visión de túnel, nada vemos más allá de las salvajes montañas del Himalaya, el lugar donde hace tiempo que residen nuestros espíritus, y hacia donde nuestros pasos ahora se encaminan.



El espejo de Anatoli (Columna publicada en el número 52 de CampoBase)

Ayer por la mañana, mi compañero Horia Colibasanu y yo escalamos durante un montón de horas antes de tocar por fin la inmensa pared sur del Annapurna. Fue uno de los días más duros y tensos que puedo recordar, subiendo sin parar durante casi once horas, rodeados en todo momento por paredes difíciles de medir a simple vista y sabiendo que de nuestras decisiones hoy dependerán muchas cosas en un futuro cercano. Las dimensiones nos engañan sin parar. Diez días de nevadas constantes y una mala gripe, en mi caso, nos habían dejado atrapados sin mucha salida en nuestro campo base. El catarro no ha supuesto mayor problema y lo he curado como buenamente he podido, pero las nevadas han dejado el glaciar repleto, y el trabajo es agotador. Nos hemos sentido pioneros, decidiendo cómo y por donde pasar. Por la mañana el frío te paraliza y, sólo unas horas después, apenas podemos soportar los 50 grados de temperatura de este horno. Nos cocemos vivos, nosotros y nuestros sueños.

Por otra parte, ya han llegado los rusos con los que compartimos jugada y destino, aunque dentro de una cierta independencia que pretende ser mutua. Vienen ocho de ellos, concretamente, con el mismo aspecto duro y austero de siempre, aunque ya no nos impresionan tanto como antes porque nos conocemos bastante y sabemos que bajo tanta fachada tienen un corazón como cualquiera. Han tenido sus dudas acerca de dónde instalar el campo base, pero al final se quedan donde estamos nosotros. Entre nuestros camaradas encontramos viejos amigos como Sergey Bogomolov y Alexei Bolotov. El primero de ellos ha subido a tantos ochomiles como yo, 12, más que nadie en Rusia. Le faltan el Annapurna y el K2 para completar su “colección”. Alexei es, por su parte, uno de los mejores himalayistas del mundo, y ha escalado vías nuevas en el Lhotse, el K2 y el Jannu, además de un par de veces el Everest. Entre los demás hay de todo, claro, aunque hay una pareja que no habla mucho pero cuando se ríen te entran ganas de echar a correr, con esos lindos piños de oro... Tiembla Annapurna.

Hablando de rusos, tenía yo un amigo que había nacido en aquél país, aunque vivía en Kazajistán. Se llamaba Anatoli Boukreev y era sin duda el mejor escalador del Himalaya de su generación. Anatoli fue, junto con mi añorada amiga Miriam García Pascual, la persona que más me ha influido en mi manera de ver el mundo y decidir qué rayos hacer con esta vida que nos ha tocado. Su última expedición se desarrolló aquí, en el Annapurna, y su vida acabó en una avalancha el día de Navidad de 1.997. Había escalado 21 ochomiles seguidos sin fallar nunca, y en sólo 8 años. Boukreev me había invitado a unirme a su última expedición, y tuve serias dudas antes de declinar la oferta. Tras su muerte, su novia me hizo llegar un pequeño espejo metálico que Anatoli tenía entre sus pertenencias entonces, y que yo todavía conservo y utilizo con honor en todas mis expediciones.

Su espíritu de hombre bueno ronda sin duda estos lugares mágicos, y de vez en cuando me aconseja y anima. Apenas a cincuenta metros de mi tienda se halla el memorial budista que honra su memoria, y en una placa en la piedra pueden leerse algunos datos biográficos y la siguiente frase; “Las montañas no son estadios donde satisfacer nuestra ambición deportiva, sino catedrales donde practicar nuestra religión”. Y yo no podría estar más de acuerdo. Hay gente que vive 39 años y es eterna, y cuánto nos alegramos de que se hubieran cruzado en nuestro camino. Te echamos de menos, Toli, y seguimos mirándonos en tu espejo. A veces me paseo por el memorial, y entonces es tan difícil reprimir alguna lágrima…

*Para terminar, ahora que conocéis mejor quién era y cómo era Iñaki Ochoa de Olza, os enlazo el fabuloso Informe Robinson que se grabó para homenajear a los valientes que intentaron rescatarle. Ésta es su historia:


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